viernes, 1 de marzo de 2019

Iliana Villanueva. Podría interpretarse como una historia de amor

Podría interpretarse como una historia de amor

Por Iliana Villanueva

ay tus ojos colorados azul y anaranjados
amarillo y verde y marrón
mi amor envuelto en tu corazón
no lo sueltes por favor
somos elefantes, serpientes semejantes
tomando aguardiente en el sol
Devendra Banhart

Dijo que mejor nos veíamos en mi hotel después de su trabajo, por eso pensé que la espera me daría tiempo de meterme al agua caliente. Y es que el viaje a la Ciudad de México y la instalación de arte me habían dejado algo más que arena pegajosa, como una necesidad de sentirme presente. Pero fue él quien acabó esperando cuando le pedí cinco minutos más para estar lista. Algo me faltaba, pero no sabía bien qué.

Cómo expresar la expectativa de verlo nuevamente. Mi pecho era una sólida y oscura caja de ecos. Algo estaba por iluminarse. Al fin descendí. Lo encontré en una tranquilidad absoluta, en la inmensa seguridad de sí mismo, disfrazada de casual distracción. Lo vi: su cabello rizado y su piel morena. Tuvo que sentirse mirado cuando se incorporó en un reflejo, sonriendo y abriendo los brazos para mí. ¿En qué momento comencé a soñar con él?

Me abrió la puerta del coche y, juntos, fuimos dejando atrás los muros de ecos ancestrales, de guerras y de sangre, de conquistas y derrotas, y más sangre. Preocupados el uno por el otro, éramos dos frente a la ciudad terrible, ocupábamos un espacio hecho de la cercanía y complicidad de nuestros cuerpos, un espacio únicamente nuestro, una isla en medio del horror.

Antes, escuché su voz en el teléfono, la voz de un muchacho apenas dos años mayor. De eso hace ya veinte años, justo cuando estaba por cumplir los diecisiete. “No vengas”, dijo para protegerme del caos que habitaba. “Aprenderás mucho más estudiando en otra parte”. Y yo lo escuché casi obediente porque sus 19 años lo dotaban de una sabiduría que a mí, a leguas se veía, me faltaba.

“¿Recuerdas que nos tomamos una cubeta de cervezas cuando nos vimos la primera vez?” Le preguntaba ahora en la colonia Roma, al tiempo que me esforzaba por descifrar el menú de la taquería hípster que, según él, me iba a encantar. De reojo, le miraba las manos.

―Esa fue la segunda vez que nos vimos.
―No, no, no, estás equivocado. Cuando te conocí hacía mucho frío, pero igual nos acabamos toda la cubeta.
―No, esa fue la segunda vez. Te conocí en una lectura de poesía. ¿Cómo se llamaba aquel café?
―Calicanto, y estuvimos bebiendo cervezas en el patio, había un naranjo.
―Pero esa fue la segunda vez que nos vimos. El café que te digo se llamaba Los tres santos o Las tres Marías. Y tú fuiste a leer poesía. Había un tipo que era como tu sombra, ahí a tu lado todo el tiempo. No te dejaba en paz. Y yo mejor me alejé, así, me hice a un lado.
―¿Los tres santos? Ah, sí! Creo que recuerdo el patio… y la lectura… ¿pero quién era “la sombra”? Noooo, ya sé, te lo estás inventando.
―Que no, que ahí estaba y era tu sombra.
―¿Quién sería?

Y me repetiste que por eso te alejaste. Recuerdo, creo que recuerdo mientras escribo, que aquella vez fui a despedirme de los amigos del taller porque me iba a estudiar en otro lado, lejos del peligro y el caos de tu ciudad de millones y millones de almas. Me iba, pero esto ni tú ni yo podíamos saberlo, a un desierto sembrado de cadáveres.

―¿Cuántas veces nos hemos visto? ¿Cuatro?

Y te conozco de toda la vida, más allá de las palabras. Allá donde un viento helado corta la piel y un sol lento bruñe de oro los huizaches.

―¿Danzón? ¿y te fuiste a bailar tú sola?
―Pues sí, tú no estabas disponible. O iba sola o no iba. El salón Ángeles es una máquina del tiempo, como una película en blanco y negro, pero de realidad virtual. Nomás entras y ya estás en los 50: cabelleras engominadas, zapatos bicolores, los tirantes, las cadenas, los pantalones bombachos, ya sabes…
―El tacuche
―y la pluma rosa en el sombrero alón.
―Uy sí, el salón Ángeles, me encanta bailar allí.
―¿En serio? ¿Danzón?

Y me contaste que es un baile de mucha tensión en el que te acercas pero no, te mueves y no, miras a la otra persona, pero no. Y me dieron ganas de acercarme. No lo hice. Quise tocar tus manos pero no lo hice. Supongo que me acerqué demasiado con la mirada, porque luego te dejaste caer hacia atrás en la silla, cerrando el espacio en donde antes me habías dejado entrar.

―Vamos a bailar danzón la próxima vez que venga.
―Mejor vamos a la playa.
―No seas así, prométeme que irás conmigo a bailar danzón.
―¿Y quién te dijo que en la playa no se puede bailar?

¿Qué sombra nos aleja ahora? En el desierto sembrado de cadáveres no pude bailar. Así como tú ahora, ella me protegió de la ciudad violenta. Ella cerró la puerta de mi coche al bajar y no me dejó hablar con dos desconocidos que en la esquina nos pedían ayuda con su camioneta. Ella, una semilla en la arena árida, una semilla en la caja oscura de mi pecho, lejos de aquel sol que besa los carrizos. Ella no es un eco. Ella no es. Mi voz es una semilla bajo una sombra de ecos. ¿Quién es esa sombra? Sé luz. Sé lámpara. Me susurró una voz en el desierto. Tú y yo sabemos de las rodadoras que arrastran los vientos del norte. Una sombra me agarra de los hombros y tapa mi boca. Anida en mi garganta una madeja que no me deja respirar. A veces jalo la punta de la hebra, jalo obsesivamente hasta que se atora y me da asco.

“Ya sé quién es”. Dije al cabo de una pausa, intentando restarle importancia. “Estudia en la Facultad de Psicología ¿no? Me la presentaron después de una conferencia en la universidad y le di un aventón al bar donde habíamos quedado con unos amigos. Es simpática… inteligente…. ¡Qué casualidad!... ¿Y ya pensaron qué hacer con la distancia?” De ella me hablaste hace ya nueve años, la última vez que había estado en la Ciudad.  Después la vi un par de veces más, en alguna conferencia o exposición. De lo que le pasó me enteré por un amigo mutuo: “¿Supiste lo de Azucena?”

En el camino de regreso al hotel callamos para no despertar los ecos. Deseaba acercarme, pero no pude; concentrado estabas en aquellas horas o calles vacías. Frente a nosotros, los edificios se multiplicaban para desaparecer en dirección contraria. Encendiste la radio y una canción absurda nos devolvió al sinsentido y bailamos y cantamos y fuimos subiendo el volumen.

Me acompañaste hasta la recepción para despedirnos, una vez más. Y una vez más abriste los brazos para dejarme entrar. Me miraste un poco, dudando, temblando, creo.
―Me encantó verte.
―Siempre.



Iliana Villanueva estudió Latin American Poetry en University of California, Irvine

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