Conversación de Luis Kimball y JChM en Frecuencia Mercurio.
Podcast de Estilo Mápula en Frecuencia Mercurio. Víctor Córdova
Víctor Manuel Córdova Pereyra es licenciado en artes escénicas y máster en humanidades por la UACH. Ha publicado cuatro obras de teatro en la misma Universidad Autónoma de Chihuahua; también un poemario, en coautoría con Erbey Mendoza, que se titula Entorno de los días, publicado en la Editorial de la Secretaría de Cultura del Estado Estado de Chihuahua; ensayos en las revistas Synthesis y Metamorfosis de la UACH, así como en Solar del antiguo Ichicult. Actualmente es coordinador académico en la Secretaría de Investigación y Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH.
Renée Nevárez Rascón escribió en El Heraldo de Chihuahua, en el libro Los escritores de Chihuahua, en 1982, y en la revista Letras y algo más. A lo largo de su carrera, colabora con numerosos músicos y poetas, poniendo música a sus versos o versos a su música. En 1992 viaja a España, donde radica por 20 años, y publica dos antologías con poetas valencianos: La primera en la colección Algo que decir, del Ateneo Blasco Ibáñez de Valencia; la segunda en Caminos de la palabra, con la Fundación Max Aúb en Segorbe. A su regreso a México es invitada a participar en la antología Todo es posible, y luego publica su primer libro en solitario, llamado Marea del naufragio. Posteriormente es invitada a participar en el colectivo cultural Voces de mi región, en la que forma parte de la organización del Festival de poesía de Chihuahua. En este colectivo, la poeta funge como periodista cultural y presentadora, además, es editora de la revista Voces y de papel, así como de Voces y letras, en la que se presentó una antología de poesía infantil llamada Poesía para iluminar, de la cual es también editora y colaboradora. Prepara una publicación de dos libros más, llamados Luciérnagas en la noche del alma y El Septentrión. Actualmente es maestra de canto y cantante profesional.
Perífrasis varias
Por Guadalupe Ángeles
I
Si eres de las que duermen para olvidar, contar ovejas solo funciona si
el sujeto en cuestión no es un robot.
II
Estaría destruida si no te hubieran convencido de que fui programada
mientras dormías.
III
Los dinosaurios jugaron a hacer edificios con sus cuerpos, lo de torres
humanas les sonaba raro. Aquel atardecer vi la torre contra la luz mortecina
que a poco estaba de convertirse en anochecer.
IV
"¿Qué hice para merecer tu olvido?" era la frase que aquella
especie de tostadora repetía en bajo profundo cuando la encontraron entre los
escombros del edificio de investigaciones cibernéticas, víctima de aquel
bombazo libertario.
V
Descubro recién ahora que soñar es una característica difícil de
desarrollar en organismos no humanos, o acaso solo innecesaria, ¿para qué
querría soñar alguien en quien pueden ser programadas las mejores películas de
todos los tiempos?
VI
No sé si inventó aquellas narraciones, no estaba en posición de dudarlo.
Fui programada para escuchar, no para disentir.
VII
Dentro, yo tengo un perfecto sistema que me permite programar la
temperatura de mi cuerpo y la cantidad de pasos a dar para fingir que sudo, ¿a
qué venía tanto grito sobre lo que ella llama "dentro" y su
contenido? ("Dentro, donde la soledad grita amordazada").
VIII
Actriz: Podría haberlo expresado de otra manera, es cierto, pero esa
exquisitez en mis diálogos aún no ha sido actualizada.
IX
Si tu nombre es en francés y hacen una película cuyo título es tu nombre
en otro país, ¿el filme es francés o noruego? (Entiendo que no es cuestión de
nacionalidades sino de delicadeza, como querer diseñar un juego de mesa con
huesos humanos).
X
¿Estás seguro de que no necesitar rascarse será en ella una virtud?
XI
La aclaración era justa: que no hablen ni de política, ni de futbol, ni
de la profesión de las madres, ¿así era?
XII
Acomodar la ropa por colores o por texturas, ¿cómo sería mejor?
XIII
Allá afuera hay demasiado ruido, si me dieran a elegir preferiría ser
una cajita de música.
XIV
Los escalones ya están hechos, en el departamento de carpintería ya
están listas las nubes, ¿son los de repostería los que se están atrasando con
los ángeles?
Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005), Raptos (2009) y No es luz, mas enceguece (2023). Ha colaborado en Ágora, El Financiero, El Informador, El Occidental, La Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y Espéculo. Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación. Actualmente radica en Guadalajara.
Por Sergio Torres
Vamos al mar, de ser posible
en la realidad, de ser imposible en la imaginación. Con la imaginación podemos
ir tú y yo, tus hijos, los míos, mis nietas, nuestros perros, mi gata, mis
hermanos y hermanas, mi esposa, mi novia y sus parejas, todos en el mismo
Vocho, con todo y maletas, hieleras. Podemos avanzar rápido o parar en cada
pueblo que encontremos. Explorar en derredor y comer al lado de la carretera en
el taniche de alguna viejita mágica que lo mismo tiene verdolagas en chile
colorado que un delicioso quesillo recién amasado, tortillas recién hechas de
maíz azul, morado, rojo o de harina, o gorditas para rellenar de exóticos
guisados locales.
Vamos al mar, como si fuéramos ríos que fluyen y se funden en el agua salada. Vamos al mar, amor mío, a entregarnos todo el amor que le debemos a estos ojos que te extrañan, a estas manos que te anhelan, a estos labios que te nombran aún sin saber tu nombre siquiera, creyendo que estás en los labios que ya he besado y dejado en el camino, o en el futuro par de labios que calman la bestia infestada de deseo que te busca a tientas, en la oscuridad de esta inmensa noche bajo el infinito.
Sergio Torres. Licenciado en
Artes, músico desde la infancia, dibujante y compositor de canciones. Maestro
de música por vocación.
Embalsamador
embalsamado
Por Alejandra
Hernández Figueroa
Se
detuvo el aire, estoy lleno de ruido hecho polvo, los ojos opacos miran la
nada. Siento frío cuando unas manos con guantes tocan mi cuerpo.
Reposo en la plancha helada, tengo el rigor
mortis, oigo el ruido del ventilador y las manos engomadas empiezan a lavar
mi cuerpo con germicidas, sustancias muy frías. Estoy temblando. Este
procedimiento yo lo hacía, pero no sabía que helarse se sintiera. Me limpian
nariz y boca, me colocan algodones en las cavidades para evitar escurrimiento
de fluidos. Me suturan la boca.
Siento ahogarme, no puedo gritar. Me “fijan
los rasgos”, o sea, me cierran los ojos y la boca. No puedo ver, tampoco murmurar.
Empiezan a tocar mi ombligo, me hacen una incisión en el plexo solar. Me duele.
Nunca pensé que hubiera tanto dolor. Si lo hubiera sabido antes. habría sido
más delicado con los que atendí.
Me vacían la sangre con una bomba. Aspiran para
que los gases y fluidos del abdomen y de la zona pectoral sean remplazados por
soluciones de embalsamamiento. Utilizan un trocar para inyectar en el
cuerpo un líquido compuesto con varias sustancias y tinta para que no esté
descolorido y me dé un tono vivo a la piel. Siento que me muero del dolor y no
puedo gritar. El drenado me llena el cuerpo. Me cosen la incisión
sin ponerme anestesia, pensarán que para qué, si ya soy un muerto.
Luego me maquillan. Eso me da más coraje, me
ponen ridículo. Se les dificulta vestirme con el traje negro con el que me casé.
Solo el saco. Lo cortan por la espalda, me quedaba chico. Me peinan y
supuestamente me ponen muy guapo.
¿Qué hacer con los recuerdos? Siento algo
adentro, en torno a todo lo que fui. Es un sabor a ceniza, infalible muestra de
carroña.
Meten mi cuerpo al ataúd. Mi cabeza reposa en
una caja acojinada. Oigo voces, rezos, lloriqueos. Percibo el olor de las
flores destinadas a morir en el aire de la muerte.
¿Por qué siento, huelo, pienso? ¿Por qué estoy
paralizado?
¿Cuántos cuerpos pasaron por mis manos?
El primero fue un anciano desdentado,
le puse un postizo y pañal porque se orinaba mucho y pensé que podría inundar
la caja. No dormí varias noches, después no recuerdo cuantos cuerpos fueron. Tantos
que me acostumbré al olor de la muerte.
Los niños y los suicidas jóvenes nunca dejaron
de impactarme con tanta vida por delante; los accidentados y los asesinados que
morían con la sangre espantada me daban mucha angustia, para maquillarlos
tenía que quitarles la cara de susto, y eso tiene su gracia.
También pasarles el drenado es
complicado, hay que darles masaje en cuerpo y extremidades para que fluya.
Se batalla mucho con quienes no se querían
ir, aferrados a sus bienes materiales; a esos tienes que darles mucho
masaje y consolarlos para que se vayan tranquilos
Exhumar es otro asunto. Se tienen que contar los
huesos, que no falte ninguno. A veces encontraba entre la tierra falanges
descarnados con anillos, tantos que me dio por coleccionarlos. Ya no eran de
ellos, sino míos.
El olor a formol se me impregnaba por varios
días.
A veces oía la camilla ambulatoria
atravesar desde la entrada de la funeraria y pararse junto a la plancha, se
ha acostumbrado a tanto ir y venir, a transportar cadáveres, que se le
ha hecho costumbre y muchas de las veces me engaña porque viene
vacía como si trajera un cuerpo, pero era nada más un suspiro.
Siento frío
y no sé qué ponerme por dentro de la muerte ¿qué pedazo de tierra será el mío?
¿Por
qué no pregunté? Tanto he tratado con ella. Desde que nacemos, su sombra camina
a nuestro lado. Trato de gritar y no puedo emitir sonido, a través del cristal
veo desfilar un sinnúmero de curiosos, algunos lloran y otros dicen: era tan
buen, pobrecito.
Me trasladan a la iglesia, escucho rezos y
lloriqueos. Pero, mmmh, ¿qué hacer con los recuerdos? Todo lo que fui. En los
labios siento el bocado de ceniza, esa infalible muestra de carroña y solamente
mi espantada alma me guía y me acompaña al más allá.
Olfateo flores destinadas a marchitarse en el
aire de la muerte. Me llevan en una carroza, un desfile de conocidos y
familiares sigue el cortejo.
Al fin veo dónde voy a quedar, en un pequeño
espacio del panteón está hecha la fosa, me bajan cuidadosamente con cuerdas
para colocarme en el fondo, después escucho el ruido de paladas y paladas de
cemento, después me vacían la tierra hasta que me voy. Siento que me muero.
Alejandra Hernández Figueroa estudió en el Colegio Palmore y en Community College. Escribió y publicó los libros Tiempos de viento y humo cuentos, Hojasen poemas e Hilvanando cuentos. Publica habitualmente en revistas jurídicas y literarias.