martes, 19 de abril de 2022

La noche de Mata. Andrés Espinosa Becerra

 

los martes

La noche de Mata

 

 

Por Andrés Espinosa Becerra

 

 

 Con la colaboración de Gastón.

 

 

Eduardo Mata es el mejor director de orquesta sinfónica que ha existido en México. Tenía una perniciosa costumbre: la velocidad. Manejaba una aeronave y de repente se estrelló en un cerro cercano a Cuernavaca. Se apagó una flama en la noche de este país.

Años después Gastón, aún con esa desazón, realizó una investigación con sus compañeros pilotos de aeronaves. La conclusión: falló un motor, se quedó solo con uno. El dictamen detallaba que ante eso existe un procedimiento, pues Mata realizó una maniobra indebida y fue a dar directo al cerro.

Este es un comentario sincero y bien intencionado, nada morboso. Se menciona desde lejos y a la distancia.

Eduardo Mata era un divo, una especie de galán en el papel de director de orquesta. No lo hacía mal.

Fue una noche deslumbrante cuando lo conocimos. Era algo increíble. No habíamos visto a un director de orquesta con esa envergadura. Salió al escenario con un traje inusual, distinto al que usan la gran mayoría de los directores. Negro, entallado, corto, muy elegante. Llegó rápido al pódium y rápido, también, alzo las manos con una pequeña batuta. Como un rayo antes de la lluvia, inicio el sonido.

Lo maravilloso, lo distinto, fueron sus movimientos entre enérgicos, veloces, y determinantes.

Aquella noche en el Palacio de Bellas Artes nos llevó al verdadero gozo de la música cuando interpretó la Cuarta Sinfonía de Gustav Mahler. Sobran los términos calificativos, pero verdaderamente fue una iluminación.

Tuvimos la gracia de otra noche magnífica. Gastón y un servidor teníamos unas butacas en la Sala Netzahualcóyotl. Extrañamente, siempre estaban solas. Se encontraban justo arriba de la puerta de entrada y salida del director y de los músicos de la orquesta. Los domingos en los conciertos de la Ofunam, actualmente trasmitidos por televisión, siempre las veo y acaricio nuestras butacas.

Ahí estábamos cuando Eduardo Mata sale al podio y se pone al frente de la Filarmónica de las Américas para ejecutar la séptima sinfonía de Ludwig Van Beethoven. Esa noche sus movimientos direccionales eran muy fuertes, enérgicos.

Eduardo Mata tenía un perfil distinto, su nariz era aguileña y elevaba el rostro y así lo mantenía. Era el erudito niño genial en pleno trance creativo. Existe una fotografía en la que aparece ataviado con un saco blanquísimo y elevando su cara hacia el cielo en total contemplación.

Esas noches no hubo visitas al camerino. Mata era muy exclusivo, muy fino. Lo merecía.

Tomándonos unas cervezas, sostuve una plática con Gastón en la que me dijo: mira, esto de Mata solo puede asemejarse con Carlos Kleiver. Ellos tienen esa semejanza en la precisión, en la energía y la firmeza. Agregó Gastón, Eduardo Mata tiene una fuerte ejecución cuando dirige en el finale.

Pues me parece, dijo Gastón, claudicante, que Mata puso atención en su propio finale.

La noche de su desaparición fue como el final de la sexta sinfonía de Mahler, incluso como la parte final de la sexta sinfonía de Piotr Ilich Chaikovski.

 

Así termina esta pequeña serie respetuosa de Las noches. Se apaga esa flama en medio de mi propia noche.

 






Andrés Espinosa Becerra, Córdoba, Veracruz. Sus libros son: Quinteto para un pretérito, en coautoría con otros autores, Los días que no duermen, Una casa con silencio y patio, El silencio del gato. Actualmente escribe en la revista electrónica Estilo Mápula, donde además tiene una columna llamada Los Martes, donde saca textos suyos y de otros autores.

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