jueves, 9 de abril de 2020

Heriberto Ramírez Luján. Las casas ocupadas

Las casas ocupadas

Por Heriberto Ramírez Luján

Mi primera morada era una construcción de adobe de tries piezas, cocina y dos recámaras, techo de tierra batida con paja de trigo y asentada sobre una cama de carrizos cortados y traídos de las inmediaciones, pues crecían a orillas de las tarjeas. Ahí cabíamos mis padres y cuatro hermanos, dos de los mayores varones; me tocó poco convivir con ellos, había traspasado la línea divisoria hacia Estados Unidos, solo quedaba un catre viejo metálico que Saúl y Cosme en una lucha habían roto.
La nuestra estaba pegada a la casa de mis abuelos paternos, Amado y Juanita, y daba a un corredor espacioso donde había una banca enorme, parecía sacada de una iglesia. A su espalda había una loma en la cual estaba una capilla también de adobe, a donde nos llevaban a rezar y llevábamos ramilletes de flores como ofrendas que después se comían nuestras vacas. Entre el pie de la loma de la capilla y la casa quedaba un espacio donde, en lo más álgido del verano, se tendían las camas para dormir durante la noche, y nos entreteníamos buscando satélites en el cielo oscuro y tachonando de estrellas sin cuenta.
Luego se construyó otro cuarto, que realmente poco llegó a formar parte del trajín de la familia pues ya nunca estuvo completa ni era necesario, nos fuimos trasladando a Ojinaga o a Odessa. Nos movimos a Ojinaga para que yo terminara la primaria, en El Tecolote se cursaba nada más hasta tercero de primaria. Ya había hecho el cuarto grado asistido por mi tía Goya, quien siempre me trató con un respeto entrañable.
Ya en Ojinaga, habitamos una casa de renta propiedad de mi tía Goya y mi tío Tino en la Trasviña y Retes, frente a la Peluquería Iris; eran dos cuartos que habitamos hasta que otra tía, hermana menor de mi madre, nos ofreció su casa, pues la habían dejado deshabitada para probar fortuna en Lovington, Nuevo México. Estaba ubicada cuadras más abajo por la misma calle, ahí el vecindario era más concurrido y enfrente había un baldío con una cuneta en la que podía jugar con los niños vecinos. Cuando llovía se convertía en un gran charco con ranas que croaban toda la noche.
El divorcio de mis tíos nos obligó a salir. Mi tío Pedro regresó y puso en funcionamiento la panadería; por las tardes le ayudaba con tareas simples en la elaboración del pan, fue mi primer empleo. Para ese entonces mi padre ya había comprado un terreno coincidentemente por la misma calle, solo que más hacia la orilla de la ciudad; con dos cuartos de adobe. Cuando se vino la primera lluvia parecía que llovía más adentro que afuera. Con la ayuda de mis hermanos, principalmente de Saúl, se construyeron tres piezas más. Para ese momento ya tenía dos lindas hermanitas, Silvia y Aracely, a las que siempre les hice la vida imposible.
La vida familiar era un ir y venir al otro lado de la frontera, mis dos hermanas mayores se casaron y me quedé con mi madre y mis dos hermanas mayores. Después construí un pequeño cuarto anexo a la casa, donde hice mi debut amoroso.
Mis primeras incursiones hacia el otro lado me convencieron de que lo mejor era estudiar en Chihuahua, me inscribí en la Escuela de Filosofía acompañado de Concha, mi novia, quien se inscribió en la Facultad de Ingeniería. No teníamos dónde vivir, ella compartía una habitación de vecindad cerca de Soriana Niños Héroes con otras amigas, y a veces me quedaba ahí, hasta que tomamos la decisión de alquilar un departamento, renta que ella pagaba. Así llegamos a la colonia Santo Niño, un departamento con dos camas individuales y un baño exterior compartido con la dueña. Por qué nos cambiamos de ahí no lo recuerdo, pero fuimos a dar a una auténtica casa de resistencia, de Doña Esther, que parecía a punto de derrumbarse, estaba ubicada en las playas del Chuvíscar, cerca de la Fábrica de Avena No. 1.
No cobraba nada, era una especie de comuna donde cada quien contribuía con lo que podía, los días que estuvimos me dediqué a enjarrar las paredes, reparar el baño, poner soportes a las vigas y todo lo que podía hacer, hasta que Doña Esther y Concha hicieron colisión y tuvimos que mudarnos de nuevo, ahora a una vecindad de la Calle Segunda. Era un par de cuartos que Sergio Padilla me había prometido tiempo atrás pero que hasta ahora había podido desocupar; en esa vecindad todos sus moradores eran de Ojinaga, estudiantes de diversas carreras. Ahí creció Fabián, ya para ese entonces nos habíamos casado y los demás también fueron haciendo su familia hasta que los pesados techos y la madera podrida que sostenía los cuartos empezaron a caerse, entones el dueño nos conmino a salir. Así dejamos con pesar esa vieja vecindad en la segunda, hoy convertida en estacionamiento.
Conseguir casa se volvió toda una odisea en pleno auge de la industria maquiladora;  transcurría 1987, las rentas se cotizaban en dólares y para un modesto profesor de preparatoria solo alcanzó para alquilar una casa austera en colonia Las Granjas, eso sí, tenía un patio amplio y un viejo gallinero ya en desuso. Las carnes asadas y un leve toquín con retazos de Eskirla tuvieron ese patio por escenario; la visita de la familia Treviño Herrera eran frecuentes, Rogelio, Laura, Dafne, Citlali y Ámbar. La pasábamos bien, aunque cuando llovía la cocina se inundaba.
El dueño vendió la casa y de pronto el nuevo apareció conminándonos a dejar la casa; habían pasado dos años y la historia se repitió, rentas caras y en dólares. El hombre volvió una y otra vez, mi respuesta era la misma “no consigo casa”, por cierto, era el papá de Lalo Nájera, el basquetbolista. Finalmente me sugirió dejarnos su casa, era cuestión de arreglar eso con el rentero. Me pareció la mejor solución, así que intercambiamos casas. De esa manera llegamos a la 12 y Jiménez, a una cuadra de la Antigua Paz y, cosas del destino, en la misma cuadra vivía Rodolfo Borja, el eskirlo mayor.
Un par de años habitamos ese domicilio con la alegría de regresar al centro y estar a escasas dos cuadras del Parque Lerdo. El cobrador era molestón, cuando el adeudo llegaba a los tres meses no paraba de estar a friegue y friegue, hasta que llegó un día a decir que desocupáramos porque iban a derrumbar toda la cuadra. Empezamos de nuevo a buscar y de pronto encontramos en el mismo sector, nos fuimos de ahí sin pagar el adeudo de la renta.
La privada de Coronado se convirtió en nuestro nuevo entorno, era un departamento en altos propiedad de Chelito Domínguez, distinguida dama de Guerrero, Chihuahua. En esa casa tuve el infortunio de perder a mi compañera, y también la llegada de una nueva oportunidad para mi vida, mi segundo matrimonio con Janneth, y el nacimiento de Ariadna, mi hija, un sueño largamente acariciado. Y de ahí a Las Granjas.



Heriberto Ramírez Luján, filósofo mexicano, redacta la lógica con precisión de cirujano. En sus ensayos y libros de filosofía y también en sus textos literarios. Sobrio y elegante profesor, el estoicismo es divisa de su estética. Y de su gran estilo.

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