sábado, 18 de abril de 2020

Heriberto Ramírez Luján. La amanecida

La amanecida

Por Heriberto Ramírez Luján

Recostado sobre un bordo en medio de un plantío de algodón, en una noche sin luna y acompañado de una lámpara de petróleo, vi salir de entre la oscuridad un par de ojos rojos encendidos como brasas. Aunque experimenté un sobresalto me quedé inmóvil, un instante me llevó darme cuenta de que era un perro del vecino, de la labor de enseguida, pero su pelo negro lo confundía con la oscuridad.
Me había recostado a la espera de que el agua que bajaba por la tarja se cubriera para cambiarla a la siguiente, como mandan los cánones del regadío. Habíamos iniciado por la mañana, colocando nuestro viejo tractor Farmall súper M a funcionar con su polea instalada y conectado a la bomba para succionar el agua que llegaba por la vieja acequia levantada kilómetros arriba, en la ribera del Conchos.
Las matas de algodón casi alcanzaban el medio metro de altura, así que estábamos a mitad del verano en una noche apacible. A lo lejos podían verse las luces de Ojinaga, hacia el norte se perfilaba lejana la sierra del Chanate del lado americano, a sus pies, cerca de nosotros, la ribera del río puerco, como lo conocían los lugareños, es decir, el río bravo.
En la faena participaban mi padre, Saúl el mayor de mis hermanos y Ramón El Gato, un peón ojiverde. La parcela de mi padre ubicada en el predio Los Pequeños era la última que se regaba con el viejo sistema de la acequia principal, aunque para ello había que echar mano del bombeo.
La noche transcurrió serena hasta el día siguiente, todos me preguntaban cómo me sentía al no dormir nada en toda la noche, me parecía que exageraban al buscar en mí signos de fatiga, y yo en cambio presumía de mi fortaleza. A mediodía llegó mi padre con provisiones, una olla de peltre rebosante de chile colorado con carne y frijoles acompañados con tortillas de harina de trigo, preparado todo por mi madre, los más ricos que jamás haya probado. Después de engullirme mi porción, me tumbé a la sombra de un vetusto mezquite crecido a orillas de la tarjea a dormir sin límite de tiempo. El rito de paso había sido alcanzado con éxito, había probado que la noche podía ser vencida.
Transcurrida otra noche más, ya por la tarde, llegaron a dejar al Gato en la casucha de adobe que habitaba en el lote vecino de los Salazar. Al llegar dice mi hermano que dijo: “en mi casa hay unas máquinas igualitas a estas”. Así trabajamos muchas veces, al borde del delirio.




Heriberto Ramírez Luján, filósofo mexicano, redacta la lógica con precisión de cirujano. En sus ensayos y libros de filosofía y también en sus textos literarios. Sobrio y elegante profesor, el estoicismo es divisa de su estética. Y de su gran estilo.

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