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martes, 22 de abril de 2025

Sakura

 


Sakura

 

Por Daniel Salinas Basave

 

Recuerdo una canción brutalmente cursi que habla de darse el más dulce de los besos, y al mismo tiempo (supongo) recordar de qué color son los cerezos. Lo que se saca de la manga uno por hacer cuadrar una rima. Ignoro si alguna vez Armando Manzanero vino al parque de Hirosaki en abril, pero sí puedo asegurarles que, por lo que a nosotros respecta, recordaremos por mucho tiempo el color que nos envuelve esta tarde.

Hemos llegado al corazón mismo del Sakura, el lugar donde más cerezos por metro cuadrado se concentran en Japón. En las zonas más cálidas del país los sakuras se están despidiendo. En Osaka encontramos bastantes en nuestros primeros tres días, pero en Kyoto apenas quedaban unas flores abiertas y no pocos árboles habían quedado pelones.

Entonces decidimos volar hacia el norte para encontrar a los sakuras en su punto exacto.

Aquí aún se ve nieve en los cerros y colinas; las flores apenas están brotando. Hirosaki lo celebra con un gran festival del sakura: una alegre verbena, un multitudinario día de campo a la sombra de los cerezos. Una fiesta casi totalmente nipona en donde somos poquísimos los extranjeros.

Es tan bello, que no hay fotografía que le haga justicia a lo que vemos. Tan alucinante, tan onírico, que de verdad dan ganas de darse el más dulce de los besos (y conste que no soy cursi).

 


Daniel Salinas Basave es licenciado en derecho, periodista y escritor. Ha colaborado en EsquireGatopardoMilenio Replicante, entre otras publicaciones. Trabajó como reportero en El Norte de Monterrey y en Frontera, de Tijuana. Actualmente tiene espacios editoriales semanales en Semanario InfoBajaSuplemento Cultural PalabraSíntesis tv y San Diego Red. Es Premio Estatal de Literatura Baja California 2010 por Réquiem por Gutenberg. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2014 por Cartografías de Nostromo. Relatos de espías, embajadores y embusteros. Premio Gilberto Owen de Literatura 2015, en la categoría de cuento, por Días de whisky malo. Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2015 por El lobo en su horaLa frontera narrativa de Federico Campbell. Ganador del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2015, en el género de ensayo, por el trabajo titulado Bajo la luz de una estrella muerta.

lunes, 30 de noviembre de 2020

Patricia Ramírez García. El tiempo fluye como el agua en el río. Confucio


 

El tiempo fluye como el agua en el río. Confucio

 

Por Patricia Ramírez García

 

A los 8 años vivía con mi familia en Veracruz, en un campamento de Laguna Verde llamado El Farallón, a un par de horas del Puerto. Había una playa y,  por supuesto, la laguna, ambas a menos de un kilómetro de mi casa. Nunca entré en la laguna, pensaba que estaba habitada por cocodrilos que me arrastrarían a la profundidad; era un lugar peligroso y prohibido.

Los fines de semana íbamos a la playa, era de olas bravas. Mi papá nos llevaba a mi hermano y a mí hasta el punto donde las olas comenzaban a formarse. Nos enseñó a dejarnos llevar por ellas hasta la orilla, era increíble sentir como te elevabas y avanzabas a toda velocidad, la revolcada al romperse la ola era inevitable; pero valía la pena por la emoción de cabalgarlas.

Apenas un mes después de cumplir 15 años, y ya viviendo en Chihuahua desde dos años atrás, entré a estudiar al Bachilleres 1. Ese primer año reprobé educación física. En mi defensa diré que no me gustaba jugar básquet, se me doblaban los dedos y me torcía las muñecas en cada jugada; para poder aprobar la materia tenía que ir durante todo el verano a las clases de natación que daban en la alberca del plantel. Fue un castigo divino, un verano especial.

Un día se me ocurrió decir que yo había aprendido a nadar sola y que había perfeccionado mi técnica durante las clases  de ese verano; mi papá reclamó ofendido: yo fui el primero en llevarte a una alberca, al río y al mar; pasé días cuidándote, enseñándote a flotar y nadar; aunque fuera de perrito. Aún al día de hoy se indigna cada vez que recordamos esa anécdota. Existen muchas fotos que atestiguan y dan razón a su reclamo, recuerdo en especial una donde estoy en la orilla de un río montada en un salvavidas de mariquita y mi papá a un lado evitando que la corriente me llevara.

Al salir del Bachilleres y entrar a la universidad. me inscribí en la alberca de Santo Niño. Me hicieron una prueba y quede en nivel intermedio.

La sensación de ir ligera en el agua, fluyendo, sentir que mi cuerpo no tenía peso, tener el control de mi respiración, me recordaban esos días en la playa de El Farallón. Llegué a tener buena condición, mis profesores eran excelentes. Cuando pase al nivel avanzado me enseñaron tácticas de rescate y sobrevivencia.

Aun así, temo a las profundidades, donde nada contiene al agua.

Durante unas vacaciones quise ir a ver ballenas en su llegada a riveras mexicanas. Me fui a Sayulita, un lugar increíble, paraíso de los surfers en la Rivera Nayarita. Contraté un tour que me llevó  mar adentro, donde pude ver ballenas, delfines y mantarrayas. La cereza del pastel: una reserva natural, las famosas islas Marietas. Es como una dona gigante; en el hueco del centro está la playita del amor.

Para acceder a esta famosa playa hay que lanzarse al mar abierto y pasar por un túnel natural azotado por la marea. Tenía puesto mi chaleco salvavidas con el que podría flotar como un pecesito naranja con mi panza al sol, pero estaba ahí, en el borde del barco dudando; recuerdo estar sudando frio tratando de convencerme de saltar.

No podía no hacerlo, esa no era una opción, estaba a unos metros del paraíso; trague saliva y salté; no sin dar un fuerte y terrorífico grito para aliviar el estrés.

El delirio de persecución no me abandonó ni un momento, un miedo terrible a ser succionada hacia las profundidades por un  monstruo, o por la marea.  Por mi cabeza también cruzó la idea de que surgirían medusas gigantes y yo moriría entre sus tentáculos venenosos, braceaba y pateaba sin éxito, mi avance era lento y penoso, con insuficiencia respiratoria y palpitaciones.  Fueron veinte minutos de angustia pensando que sería devorada por tiburones y pirañas; o todo ser vivo del mar a la vez; o por el mismo océano.

Si lo sé, es irracional e imposible, las pirañas ni siquiera existen en el mar. Era imposible seguir El camino del Tao, ponerme filosófica y aspirar a una conducta intuitiva, en armonía, sin esfuerzo, tal como fluye el agua; según las enseñanzas.

Ese brinco valió mil veces la pena. La arena era fina y limpia, el sonido grave de las olas rompiendo en las rocas y la cantidad de aves que revoloteaban era impresionante; la brisa y el olor a sal eran perfectos; me sentía en un sueño ideal, feliz y plena, exhausta y satisfecha. Supongo es la misma sensación que cualquier ser humano siente al vencer un obstáculo, superar un miedo o  recibir la recompensa.

Tengo tantos recuerdos conectados al agua, me atrae y me asusta por igual. Sinceramente creo que la vida siempre nos da oportunidad de saltar y vivir experiencias únicas, o quedarnos en la orilla, a salvo, en la tranquilidad de lo conocido. No hay correcto o incorrecto, solo elecciones, cualquiera que elijamos, será en ese momento la correcta.

 





Patricia Ramírez García es artista visual, egresada de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua, especializada en maquillaje para televisión y fotografía. Tiene dos exposiciones fotográficas en solitario y muchas otras colectivas. Actualmente trabaja en el Programa de Cultura Comunitaria, en el área  de Interacciones, de la Secretaría de Cultura de México.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Patricia Ramírez García. Seguí el viaje persiguiendo el agua que brota caliente de las piedras en el cerro


Seguí el viaje persiguiendo el agua que brota caliente de las piedras en el cerro

 

Por Patricia Ramírez García

 

Cada 14 de febrero celebraban a lo grande, y este año 2020 no sería la excepción. Lucy y Toño eran coleccionistas de antigüedades y volaron desde la Ciudad de México a Chihuahua, con un solo objetivo en mente: recorrer el itinerario de Mina.

Nos conocimos un lunes por la noche, casi creo eran las nueve, en un café del centro frente a la Catedral, necesitaban que los guiara y que juntos diseñáramos su ruta de viaje por Chihuahua. Lucy saco de su bolsa un paquete  envuelto cuidadosamente en un paño y atado con un listón, lo coloco en la mesa y dijo:

―Queremos visitar los mismos lugares que Mina.

Yo estaba intrigada, no terminaba de comprender.

Toño continuo la conversación:

―Compramos una caja antigua en un bazar, en su interior estaba esto.

Lucy comenzó  a develar aquel tesoro, y dijo:

―Ninguna tiene remitente ni sello postal ni fecha alguna, investigamos un poco y sabemos que los lugares de los que habla Mina en sus cartas se refieren a lugares aquí.

Lucy tomó la primera carta, abrió con tanto cuidado el sobre que todos sostuvimos la respiración; saco una fotografía Polaroid, de aquellas instantáneas, demasiado dañada para distinguir el paisaje. Tenía una anotación al margen, parecía ser una fecha, intente descifrarla pero era ilegible. Acto seguido saco una hoja amarillenta y quebradiza, doblada por la mitad; comenzó a leer.

 

Hola, grandulón. Estoy estacionada junto al camino, descansando del viaje, hace una fría y perfecta noche estrellada. No pude evitar acordarme del día en que nos conocimos en aquel viaje a la mina de Santo Domingo, en como enterraste la cabeza entre tus hombros al sentir el revolotear de los miles de murciélagos alrededor nuestro  mientras,  de poco, iban formando una perfecta línea curva  para desaparecer en el horizonte cálido. Anunciaban el ocaso del día y dieron paso a  esa primera luna llena de octubre, gigante y blanca, que iluminaba el monte y tu rostro moreno. El camino de terracería que nos condujo entre curvas al estadio de beisbol, donde rematamos la noche con broche de oro mirando los planetas, gracias a los potentes telescopios que llevaron los de la liga astronómica.

Tiritaba de frío, justo como hoy, y me prestaste tus guantes enormes que no me permitían manipular el telescopio. Te acercaste  por detrás, rodeando mi cuerpo con tus brazos, sigiloso y decidido. Tu loción aun daba esas últimas notas frescas y entre la euforia de ver los cráteres de la luna y los anillos de Júpiter, intercambiamos abrazos.

Ojala siguiéramos viendo estrellas abrazados en la noche, o mejor aún, y como dice Silvio Rodríguez: Ojala pase algo que te borre de pronto

Mina

 

Por supuesto que conozco el lugar ―dije entusiasmada, es un pueblo minero lleno de historia  a tan solo media hora de aquí. Tuvo un gran auge económico, tanto que emitían su propia moneda y en algún momento consideraron establecer ahí la capital de Chihuahua

Pero bueno, agregjué, sigamos revisando las cartas, en otro momento hablaremos a profundidad de Santa Eulalia y sus alrededores.

Toño abrió el segundo sobre, esta vez era una postal  del desierto con un extraño letrero  al centro  con la palabra Venus, y abajo una inscripción a mano que decía Paralelo 27. Miró el reverso y comenzó a leer:

 

Llegue hasta aquí, al vórtice donde Durango, Chihuahua y Coahuila unen sus fronteras,  justo donde un cielo sin nubes se funde en una tierra ocre y en apariencia estéril. Pensé que el fuego sagrado y el humo con olor a copal, en otra noche de luna llena,se llevaría tu recuerdo.

Entré al vientre de la Madre a sudar las penas, me senté al calor de las brazas en un frio e inmenso desierto nocturno, viaje en mi mente al ritmo de flautas de agua y tambores sagrados, aquí, donde fue mar y ahora son blancas charcas saladas que reflejan el sol y queman la vista. Pensé que me tragaría la tierra donde una vez un meteorito cayó del cielo, pero no sucedió. La leyenda sobre sucesos magnéticos se diluyó, igual que tu presencia en mi realidad. Seguí el viaje persiguiendo el agua que brota caliente de las piedras en el cerro, ese donde antiguos pintaron sus cuevas y hacendados construyeron pilas, también una gran casa donde solo las ruinas permanecieron soportando estoicas el sol de medio día. La llamaban Hacienda de los Remedios, que ironía, ojala hubiera un remedio para olvidar.

Mina

 

―La zona del silencio, no hay pierde ―lo dije inmediatamente y chisqueando los dedos―. Algunos grupos creen que forma una triada mística  junto al Triangulo de las Bermudas y las tierras sagradas del Tibet. Para los amantes de las estrellas este es un gran observatorio, su cielo es tan limpio y libre de contaminación lumínica que en noches sin luna, estrellas y planetas son observados fácilmente. Se dice que su suelo posee minerales que provoca la caída de meteoritos  en esta zona.

Y agregué:

―La Reserva del Bolsón de Mapimí alberga las charcas salinas y también especies endémicas como la tortuga del bolsón y una variedad de plantas que no encuentras en ningún otro lugar.

Toño me interrumpió, dijo que le gustaría saber más de la zona y todas las indicaciones para llegar, y, por supuesto, en dónde quedarse a descansar de manera segura.

Pero primero debíamos terminar de leer el resto de  las cartas.

Estaba ansiosa por descubrir una carta más, y era mi turno de leer, me temblaban un poco las manos cuando tome ese sobre en mis manos, quería sujetar la carta sin prisa y con delicadeza.

 

Llegué al fondo de esta tierra partida  en dos  atravesada por un rio. Intenté seguir el paso de esos pies curtidos y veloces con capullos de mariposas atadas a sus tobillos, imploré y bendecí a los cuatro vientos, supliqué a Reyenari y Metzeka, pero solo les interesaba devorar mi alma sabochi, consumida y oscura como el fondo de la barranca en luna menguante.

Agradecí la ausencia de estrellas y luz de luna que iluminaran tu rostro, aunque fuera en mi memoria. La mañana llegó junto a una culebra de agua, tan violenta que deslavó la tierra del camino y de mi alma. Los dioses me escucharon, a ritmo de violín y pazcol recogí los pedacitos que aun brillaban como plata pura, el río encajonado se encargo del resto.

Mina

 

Lo medite por varios minutos, en la barranca de la Sierra Tarahumara hay varios pueblos con tradición minera, Chinipas, Témoris, Batopilas, pero la mayor cantidad de población tarahumara está en Batopilas; tenía que ser ese el lugar del que hablaba Mina. Debió haber estado ahí en alguna comunidad tarahumara durante la celebración de Semana Santa, ese era el siguiente destino: La Barranca de Batopilas.

Era hora de despedirnos, saldríamos al día siguiente rumbo a Santo Domingo a las 9 de la mañana. Descubriríamos el destino de las cartas restantes durante el viaje.

 

The end.

 

 

 

 

 

Patricia Ramírez García es artista visual, egresada de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua, especializada en maquillaje para televisión y fotografía. Tiene dos exposiciones fotográficas en solitario y muchas otras colectivas. Actualmente trabaja en el Programa de Cultura Comunitaria, en el área  de Interacciones, de la Secretaría de Cultura de México.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Alberto Cabrera. Cuentos de la pandemia

Foto Pedro Chacón

Cuentos de la pandemia

Introducción

 

 

Por Alberto Cabrera

 

 

Recojo una nueva botella (mensaje de I-Wanna-bepp) y leo:

“Oye, hoy me di cuenta (a penas) que no es fácil platicar con alguien que tuvo alguna fractura seria en su vida, en su personalidad. Y que no todos entienden el lenguaje figurado, la ironía, el albur, el doble sentido.

A mí me gusta usar todo eso, los juegos de ingenio del lenguaje... quizá sea una de las fuentes de los desencuentros que tengo con la gente.

Es el efecto de la botella de náufrago: mandas un mensaje dentro, pero no estás seguro de cuándo se recibirá, quién lo recibirá y qué reacciones causará. La sorpresa sería ¡que el mensaje tuviera respuesta!

Lo deseable claro, ser rescatado.

O que el genio de la lámpara te concediera el deseo que solicitaste.

Quizá tan solo será la nostalgia, el hastío… el eco de tu propia voz, como respuesta (inconsciente)…”

 

 

 

 

Unas reflexiones sobre la pandemia

 

 

Por Alberto Cabrera

 

 

1 de noviembre 2020.

Todo lo que se nos opone está allí:

como una fiera hambrienta,

rondando,

buscando a quién devorar.

No queda sino resistir (con firmeza…)

SPd

 

 

Octubre pasado: breve regreso a Chihuahua tras años de ausencia. Tanto por ver, tanta gente por visitar… ¡y tan lento y largo todo!

Era como ver una marmota que retornaba, tímida y lenta, tras un largo letargo invernal… ¡como tras el terrible periodo de la violencia del 2010! Y poco ha durado el gusto: se ha vuelto a replegar sobre sí misma por ahora.

Comienzo a escribir con remilgo… ¿Será que ya es tiempo…? ¿Y qué se podrá decir? ¿Qué predomina en este 2020?

Los extremos: el temor al contagio y también el desplante ante el virus. El aferrarse a la vida a ultranza… o como el valiente de la baraja de lotería, gastar la vida en una singular ruleta rusa, bajo el riesgo inminente de perder todo lo ganado a la vuelta de la esquina.

Ni encerrados ni envalentonados, algunos damos pasitos fuera de la caverna, mirando la luz del día. Tímidamente. Con los pies, sientes el terreno. Poco a poquito. Abriendo las manos, sueltas las seguridades para recibir algo nuevo. Porque hay grandes pérdidas: comenzando por el contacto físico, tan importante para un pueblo mestizo (latino e indígena, latinoamericano).

Del tacto, anclado ahora estoy en la vista: la imagen del otro como recreación (involuntaria)… como salvación.

Y a veces ni la imagen: recurro a la letra digital como icono del otro. Imaginando todo: la voz, el tono de piel, el color de la cabellera… porque ¿quién pregunta de entrada esos detalles? Se ha hecho común encontrarse con desconocidos y conocidos, con la sorpresa de la cita a ciegas.

También, ese perder ha sido el del adiós: a los amigos y conocidos, a las rutinas y lugares, a ciertos valores de antaño. Pretender como que no pasó nada. Que puedo salir, vacacionar, tomar un café. Simple.

Pero al voltear, allí están: regresan de los fantasmas del ayer. ¿Es una crisis de salud mental? ¿Está en el aire? ¿O en mí? Pero no… ¡Espera! Ante un miedo grande, un cuidado similar.

Y nuevamente: apertura, reinventarse a su ritmo… un ritmo ya conocido bajo el sol.

 

*

 

Tiempo será quizá para dejar la nostalgia, y mirar curioso el nuevo panorama. Tómate el tiempo… ¡bébelo a tragos largos! El aprendizaje hoy, sobre todo: disfrutar la fragilidad, situarse en el momento presente. ¡Es lo que tenemos! Levantar la testa, antes de volverse a sumergir en una vorágine que amenaza con devorarnos.

Solo sería posible, con todo, si dejamos que en esa brevedad renazca la fe.

 

 

 

 

 

Alberto Cabrera (1972) ha transitado entre los caminos de las matemáticas y la filosofía, para instalarse en la promoción cultural y humana. Andariego por vocación, llamado a ser cosmopolita por su nacimiento en la Ciudad de México, se deja seducir fácilmente por un café compartido entre amigos, un paseo por una calle empedrada, la visita a un templo colonial. Pasó una temporada de creación y trabajo en la ciudad de Chihuahua, donde hasta hizo una maestría en la UACH.

jueves, 29 de octubre de 2020

Rosario Martínez. Las coronas de la tía Mela

Las coronas de la tía Mela

 

Por Rosario Martínez

 

Los atardeceres empezaban a refrescar en la ranchería colindante con la capital de ese estado norteño de México. La visita a la casa, que se convertía en centro de reunión los meses anteriores al Día de muertos, iniciaba a las cinco de la tarde. Sobre la mesa cubierta con un mantel de hule se disponían tijeras, papel crepé de colores y el alambre en rollo. Empezaba la hechura de las coronas, actividad que la tía Mela comandaba en la familia.

 

Las convidadas llegaban con buen humor y novedades que comentar. La casa tenía un jardincito con varias matas de flores de cempaxúchitl que obligaban a detener la mirada en su color amarillo y a respirar el aroma que despedían. Era un olor que asociarían para siempre con el Día de muertos y con la tía Mela. Su esbelta silueta vestida con falda oscura hasta el tobillo y blusa blanca de encaje le daban un aspecto elegante. Peinaba su cabellera veteada de canas en una trenza que acomodaba en un molote. Como único adorno lucía unas arracadas. La tía Mela nunca se había casado. Había criado a una sobrina como hija propia. La joven se había marchado lejos después de casarse. Sin embargo, la tía Mela casi nunca estaba sola: a menudo recibía la visita de familiares y amistades.

 

Acomodadas en las sillas, las mujeres daban inicio a su labor. Mientras trabajaban, conversaban sobre la familia, quehaceres cotidianos, idas al mercado que quedaba un poco lejos y al que llegaban caminando por las calles de terracería que las conducían hasta el lugar situado a un costado de la parroquia que se levantaba con sus altas torres a la orilla de la carretera.

 

Las mujeres rizaban el papel manejando las hojas de las tijeras con manos hábiles. Las confeccionaban de varios colores: rojo encendido, descoloridas rosas, blancas y azules. Poco a poco la casa se llenaba de coronas florales colgadas de clavos puestos en las paredes encaladas. Este proceso artesanal era una ocasión única que daba a la familia la oportunidad de acercarse, reconocerse y recordar a los difuntos. A veces un ambiente de melancolía impregnaba las sesiones por el recuerdo de alguno de los parientes cercanos.

 

El dos de noviembre llegabancon las coronas y las flores de cempaxúchitl a la entrada del panteón municipal. Las mujeres acudían a la cita para arreglar las tumbas de sus familiares. Acarreaban cubetas con agua, recorrían los pasillos flanqueados por siempreverdes, esquivando grupos de gente ruidosa.

 

Las tumbas eran variadas: algunas tenían lápidas sencillas; otras ostentaban pequeñas capillas con ángeles y santos; había también las que solo eran montones de tierra con cruces de madera podrida por el sol y la lluvia, en las que el nombre y la fecha de defunción resultaba casi ilegible. Estas eran a las que la tía Mela y su comitiva se dirigían.

 

Con entusiasmo se dedicaban a regar los montones de tierra desparramados. Luego arrancaban la maleza que las rodeaba y barrían con la intención de juntar la tierra para darle nuevamente un relieve pronunciado.

 

Un agradable olor a tierra mojada invadía el ambiente y reconfortaba a las mujeres que trabajaban afanosas bajo el sol de noviembre. Armadas con brochas y pintura daban un baño de color a la cruz y retocaban el nombre del difunto. Por último, el detalle más importante: ensartaban coronas en las cruces; sonreían contentas y orgullosas admirando su creación. Cerca de las tres de la tarde se sentaban sobre las tumbas y se disponían a comer.

 

Abandonaban el panteón tarde. Al salir veían los puestos de comida. También estaban las camionetas que cargaban cobijas de lana. El vendedor repetía incansable el pregón, anunciando su mercancía. Tratando de vender las últimas flores, los floristas las ofrecían con insistencia a los rezagados que llegaban tarde al camposanto.

 

Casi de noche, la tía Mela regresaba a su casa. Al entrar veía con nostalgia su jardín sin flores. Después de lavarse las manos, iba en busca de una carpetita blanca que ponía sobre una mesita instalada en una esquina de la sala, de arriba del ropero bajaba un álbum con una única foto. Con cuidado tomaba el retrato en sepia de un hombre joven con ojos grandes y oscuros; la recargaba contra la pared y finalmente colocaba dos velas largas y esbeltas, una a cada lado de la imagen. Buscaba en el fondo de su red una espléndida rosa roja que comprara esa tarde en las afueras del panteón, le daba un beso fervoroso y la colocaba frente a la imagen del hombre. Cerraba las cortinas y se disponía a orar mientras las lágrimas bañaban su rostro doliente, iluminado por la luz de las velas.

 

 

 

 

 

Rosario Martínez es maestra, estudió lengua y literatura en la Normal Superior José E. Medrano y maestría en educación en Mundo Nuevo de Parral. Escribe cuento y novela desde 2005. Ganó El Premio Nacional de Cuento de los Juegos Florales 2020 de Lagos de Moreno, Jalisco; finalista en el Concurso Relatos en femenino de Buük, Editorial, España 2020; ganadora en La Primera Antología de Escritoras Mexicanas, CDMX, 2018. Obra publicada: Pasos en el viento, Aldea Global 2020 y El aniversario y otros cuentos, Tinta Nueva Ediciones, CDMX, 2014. Tiene obra publicada desde el 2005 a la fecha en quince antologías dentro y fuera del país: España, EE.UU., Argentina y Perú. Escribe en Revista Latina NC de North Carolina, EE.UU. con su sección Letras de Rosario.