Seguí
el viaje persiguiendo el agua que brota caliente de las piedras en el cerro
Por
Patricia Ramírez García
Cada 14 de febrero
celebraban a lo grande, y este año 2020 no sería la excepción. Lucy y Toño eran
coleccionistas de antigüedades y volaron desde la Ciudad de México a Chihuahua,
con un solo objetivo en mente: recorrer el itinerario de Mina.
Nos conocimos un
lunes por la noche, casi creo eran las nueve, en un café del centro frente a la
Catedral, necesitaban que los guiara y que juntos diseñáramos su ruta de viaje
por Chihuahua. Lucy saco de su bolsa un paquete
envuelto cuidadosamente en un paño y atado con un listón, lo coloco en
la mesa y dijo:
―Queremos visitar
los mismos lugares que Mina.
Yo estaba intrigada,
no terminaba de comprender.
Toño continuo la
conversación:
―Compramos una caja
antigua en un bazar, en su interior estaba esto.
Lucy comenzó a develar aquel tesoro, y dijo:
―Ninguna tiene
remitente ni sello postal ni fecha alguna, investigamos un poco y sabemos que
los lugares de los que habla Mina en sus cartas se refieren a lugares aquí.
Lucy tomó la
primera carta, abrió con tanto cuidado el sobre que todos sostuvimos la respiración;
saco una fotografía Polaroid, de aquellas instantáneas, demasiado dañada para
distinguir el paisaje. Tenía una anotación al margen, parecía ser una fecha,
intente descifrarla pero era ilegible. Acto seguido saco una hoja amarillenta y
quebradiza, doblada por la mitad; comenzó a leer.
Hola,
grandulón. Estoy estacionada junto al camino, descansando del viaje, hace una
fría y perfecta noche estrellada. No pude evitar acordarme del día en que
nos conocimos en aquel viaje a la mina de Santo Domingo, en como enterraste la cabeza
entre tus hombros al sentir el revolotear de los miles de murciélagos alrededor
nuestro mientras, de poco, iban formando una perfecta línea
curva para desaparecer en el horizonte cálido. Anunciaban el ocaso del
día y dieron paso a esa primera luna llena de octubre, gigante y blanca, que
iluminaba el monte y tu rostro moreno. El camino de terracería que nos condujo
entre curvas al estadio de beisbol, donde rematamos la noche con broche de
oro mirando los planetas, gracias a los potentes telescopios que llevaron los
de la liga astronómica.
Tiritaba
de frío, justo como hoy, y me prestaste tus guantes enormes que no me permitían
manipular el telescopio. Te acercaste por detrás, rodeando mi cuerpo con tus
brazos, sigiloso y decidido. Tu loción aun daba esas últimas notas frescas
y entre la euforia de ver los cráteres de la luna y los anillos de Júpiter, intercambiamos
abrazos.
Ojala
siguiéramos viendo estrellas abrazados en la noche, o mejor aún, y como dice
Silvio Rodríguez: Ojala pase algo que te borre de pronto
Mina
―Por supuesto que conozco el lugar ―dije entusiasmada―, es un pueblo
minero lleno de historia a tan solo
media hora de aquí. Tuvo un gran auge económico, tanto que emitían su propia
moneda y en algún momento consideraron establecer ahí la capital de Chihuahua
Pero
bueno, agregjué, sigamos revisando las cartas, en otro momento hablaremos a
profundidad de Santa Eulalia y sus alrededores.
Toño
abrió el segundo sobre, esta vez era una postal
del desierto con un extraño letrero
al centro con la palabra Venus, y
abajo una inscripción a mano que decía Paralelo 27. Miró el reverso y comenzó a
leer:
Llegue
hasta aquí, al vórtice donde Durango, Chihuahua y Coahuila unen sus fronteras, justo donde un cielo sin nubes se funde en una
tierra ocre y en apariencia estéril. Pensé que el fuego sagrado y el humo con
olor a copal, en otra noche de luna llena,se llevaría tu recuerdo.
Entré
al vientre de la Madre a sudar las penas, me senté al calor de las brazas en un
frio e inmenso desierto nocturno, viaje en mi mente al ritmo de flautas de agua
y tambores sagrados, aquí, donde fue mar y ahora son blancas charcas saladas
que reflejan el sol y queman la vista. Pensé que me tragaría la tierra donde
una vez un meteorito cayó del cielo, pero no sucedió. La leyenda sobre sucesos
magnéticos se diluyó, igual que tu presencia en mi realidad. Seguí el viaje
persiguiendo el agua que brota caliente de las piedras en el cerro, ese donde
antiguos pintaron sus cuevas y hacendados construyeron pilas, también una gran
casa donde solo las ruinas permanecieron soportando estoicas el sol de medio día.
La llamaban Hacienda de los Remedios, que ironía, ojala hubiera un remedio para
olvidar.
Mina
―La zona del
silencio, no hay pierde ―lo dije inmediatamente y chisqueando los dedos―. Algunos
grupos creen que forma una triada mística junto al Triangulo de las Bermudas y las
tierras sagradas del Tibet. Para los amantes de las estrellas este es un gran
observatorio, su cielo es tan limpio y libre de contaminación lumínica que en
noches sin luna, estrellas y planetas son observados fácilmente. Se dice que su
suelo posee minerales que provoca la caída de meteoritos en esta zona.
Y agregué:
―La Reserva del Bolsón
de Mapimí alberga las charcas salinas y también especies endémicas como la
tortuga del bolsón y una variedad de plantas que no encuentras en ningún otro
lugar.
Toño me interrumpió,
dijo que le gustaría saber más de la zona y todas las indicaciones para llegar,
y, por supuesto, en dónde quedarse a descansar de manera segura.
Pero primero
debíamos terminar de leer el resto de las cartas.
Estaba ansiosa por
descubrir una carta más, y era mi turno de leer, me temblaban un poco las manos
cuando tome ese sobre en mis manos, quería sujetar la carta sin prisa y con
delicadeza.
Llegué al fondo de esta tierra partida en dos
atravesada por un rio. Intenté seguir el paso de esos pies curtidos y
veloces con capullos de mariposas atadas a sus tobillos, imploré y bendecí a
los cuatro vientos, supliqué a Reyenari y Metzeka, pero solo les interesaba devorar
mi alma sabochi, consumida y oscura como el fondo de la barranca en luna
menguante.
Agradecí la ausencia de estrellas y luz de luna que iluminaran tu rostro,
aunque fuera en mi memoria. La mañana llegó junto a una culebra de agua, tan
violenta que deslavó la tierra del camino y de mi alma. Los dioses me
escucharon, a ritmo de violín y pazcol recogí los pedacitos que aun brillaban
como plata pura, el río encajonado se encargo del resto.
Mina
Lo medite por
varios minutos, en la barranca de la Sierra Tarahumara hay varios pueblos con
tradición minera, Chinipas, Témoris, Batopilas, pero la mayor cantidad de población
tarahumara está en Batopilas; tenía que ser ese el lugar del que hablaba Mina.
Debió haber estado ahí en alguna comunidad tarahumara durante la celebración de
Semana Santa, ese era el siguiente destino: La Barranca de Batopilas.
Era hora de
despedirnos, saldríamos al día siguiente rumbo a Santo Domingo a las 9 de la
mañana. Descubriríamos el destino de las cartas restantes durante el viaje.
The end.
Patricia Ramírez
García es artista visual, egresada de la Facultad de Artes de la Universidad
Autónoma de Chihuahua, especializada en maquillaje para televisión y fotografía.
Tiene dos exposiciones fotográficas en solitario y muchas otras colectivas. Actualmente
trabaja en el Programa de Cultura Comunitaria, en el área de Interacciones, de la Secretaría de Cultura
de México.