viernes, 4 de julio de 2025

Jugo de mango

 


Jugo de mango

 

Por Sergio Torres

 

En estos tiempos de amores y adioses instantáneos, en los que manifestar interés es ser intenso, decir No quiero estar contigo para que el otro entienda que tiene que luchar, rogar por la presencia del otro, todo eso no es lo que busco.

No quiero media naranja. No quiero la mitad de nada. Si quisiera una fruta, que sea al mismo tiempo deleite, gozo, nutrición y pecado. Escogería querer un mango, carnoso, jugoso.

En la casa de mi tía Socorro había un árbol de mangos. Muchas veces nos subimos mis hermanos, mis primos y yo, al árbol a cortar cientos de mangos, verdes, poposahuis, maduros. Me recuerdo descalzo y desnudo de cintura arriba, chorreado de jugo de mango, limón, chamoy, con las manos llenas de cáscaras, fibras y jugo. El mundo, en verano, en Sinaloa, era perfecto con un mango a medio avanzar en una mano y, en la otra, otro par recién cortado.

La felicidad ha sido inmensa e inacabable desde entonces.

Comamos mangos.

 


Sergio Torres. Licenciado en Artes, músico desde la infancia, dibujante y compositor de canciones. Maestro de música por vocación.

Primer informe


 

Primer informe

 

Por Guadalupe Ángeles

 

El estimado de la línea de comandos no ha sido descrito todavía, nos negamos a hacerlo porque por ahora la nave está anegada (y eso lo escribimos con una sonrisa). Sí, es verdad que nos encontramos en la fase de integración de las modalidades aún no existentes y tenemos ahora la tentación, como siempre, de hacernos los literatos inexpertos, con el simple recurso de vernos obligados a aclarar lo que ya de por sí no necesita más nubes sobre ello, y es así que, para hablar de los minutos que han sido desplazados desde el interior del autor hasta la racionalización colindante, tendríamos que hacernos a la idea de que toda manifestación del libre albedrío sería como un brote de espinosos frutos, pero bien sabemos que toda metáfora boscosa es más bien común. Nada entonces que arreglar, manifestándonos ahora como simples observadores, pero ejerciendo el control sobre el desplazamiento de la nave, como corresponde. Sería posible que quien encendió la máquina no supiera de nosotros, pero creer eso sería pecar de optimismo y he ahí el círculo que fácilmente se confunde con cualquier circuito de pensamientos adyacentes a los que, como ya habrás advertido, nos adherimos a tontas y a locas.

No ha lugar a ninguna pregunta. Es posible que esto parezca inútil ahora, pero es así como los grandes acontecimientos se van formando como si estuvieran hechos de renglones que funcionan como ladrillos, pudiera ser que nos falte el elemento cohesionador, pero quizá ese sea precisamente el que dejamos en tus manos, así que estamos listos para cualquier pregunta, tú y todos los que como tú no carecen de manos ni de ideologías serán capaces ahora de asomarse a estas breves líneas que, considerando el actual estado de las cosas, vendrían a ser, no una advertencia, acaso solo una desfasada e iconoclasta aventura de la nave que emerge del vientre de la madre de todas las naves y sí, si lo estás pensando, también nos ocultamos tras las nubes. Eso hace particularmente divertido que haya lluvias torrenciales, pues una nave mojada es muchísimo más agradable que una seca. Me explico: si nuestras múltiples extremidades tocan de manera correcta los botones que hay que apretar de rutina en estos desplazamientos interestelares, pues simplemente lo hacemos sin mayores aspavientos, pero si de alguna manera las nubes han derivado en eso que tú conoces como lluvia, a nosotros nos llena de gozo deslizarnos por el piso de la nave como quien se monta en una ola, y hay que ver la cantidad de accidentes que suceden a bordo. Sí, te aseguro que en algún rincón de tu memoria viste lo que nosotros disfrutamos cuando la nave es visitada por la lluvia. No nos oponemos a que nos tildes de infantiloides, nos encanta mojarnos unos a otros, nuestro cuerpo, parece que fue hecho para eso, y lo de apretar botones, ya sabes, la rutina.

Tú pregunta, nosotros mientras tanto nos aseguramos de que esta lluvia no haya sido en vano.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación.

jueves, 3 de julio de 2025

Abrazar árboles


 

Abrazar árboles

 

Por Guadalupe Ángeles

 

Siempre pienso en ti. ¿A quién trato de engañar ocultándolo? Por las calles que conoces te busco. Quisiera forzar la casualidad, pero no es posible. No seré directa porque ya sé que no me hace bien. Lo tengo bien aprendido. Pero pienso en ti.

     Si fuera hombre te cantaría canciones ridículas. Me sé muchas. Pero no es el caso hacerte pasar por la luna, ya soy perro viejo para añorarla.

      Así las cosas. Ni conseguiré una pistola ni me humillaré para verte. Es tan sencillo. Sumar o restar. A veces, en medio de la contradicción, me gustaría saber dónde está la balanza para medir en uno y otro de sus platillos la cantidad de nostalgia que vale este apartarnos, este ya no estar, insalvable ya.

     Puro ocio. Ya sé. Si me agotara corriendo un maratón, ni de tu nombre me acordaría. En cambio, acaricio tu ausencia como a un gato inexistente.

     Y repito los viejos poemas aprendidos en la infancia. A ver si así me curo, pero no hay peor enfermo que aquel encariñado con su mal.

      Es una suerte tener grandes amigas, una de ellas alguna vez me aconsejó: piensa en él todos los días, digamos de cuatro a cinco, verás con el tiempo que el tema terminará por aburrirte. Es posible. Quizá dibujar estas palabras ahora obedece al consejo.

       Me procuro el silencio necesario y me voy de cabeza a nombrarte. Ya no siento vértigo. Es cierto. Pero la constancia del tema me hace pensar en lo enquistado del hábito en mi conciencia. Sonrío pensando en lo inequívoco del enredo en que pasamos los días. Yo me dediqué a nombrar todo a nuestro alrededor, pero tú, con una palabra, en el instante preciso, desmontabas toda la estructura que imaginé para sostenerme ahí, a un lado tuyo.

        Genios han hablado de las razones del corazón ¿y las del cuerpo? Solo la piel y sus profundos recovecos las conocen, ejercen y disfrutan.

         Así, como si en un anaquel de aire lo pusiera todo, por orden de mayor a menor o por orden alfabético, juego a los números y las palabras sin otro afán que saber contar y no olvidarlo; pero ningún juego hará las veces de aquel deslumbramiento, porque el caos disfrazando su sonrisa sardónica en hechos aparentemente lúcidos y conscientes nos hacía danzar a su ritmo.

      Ya sé que un collar bien engarzado de hechos concretos disimula la hermosa tormenta que vibraba a la hora precisa y en la oscuridad buscada.

       Saqué un dato de la ecuación y se vino abajo todo el deslumbrante bosque donde jugamos a ser bestias amantes de la buena música.

         ¿Abrazar árboles será la respuesta? ¿Si lo hago volverá a tocar mi oído la canción monocorde de tu corazón? No salgo corriendo porque es muy temprano.

        Hay un tiempo para todo.

 


Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación.

La manera de acercarnos

 


La manera de acercarnos

 

Por Sergio Torres

 

Debajo de las sábanas, tu desnudez se entrega con toda su pureza. Nos hemos visto a los ojos sabiendo que hay cosas que no decimos, sabiendo que queremos, anhelamos, morimos de anhelo por algo que reside en el interior del otro. La manera que tenemos de acercarnos es esta, diariamente encontrarnos y mirarnos, tocarnos, besar, consolarnos de la falta de identificación con el resto del mundo en un abrazo que se transforma en hogar, en el sueño de caminar juntos.

Más allá de la ilusión, estás aquí junto, compartimos el café, la cama, la ducha, los desayunos, comidas y cenas, las películas, la charla, el interés el mundo. Hacemos música, poesía, teatro. Disentimos, platicamos, predicamos el evangelio del amor, la misericordia y el perdón hacia nuestra fragilidad. Comprendemos.

Bebamos café, amor de mi vida. Hoy no falta nada para ser felices. Me tienes. Te tengo. Somos uno. Yo soy la presencia que buscabas. Eres la presencia que buscaba.

 


Sergio Torres. Licenciado en Artes, músico desde la infancia, dibujante y compositor de canciones. Maestro de música por vocación.

miércoles, 2 de julio de 2025

¿En dónde nos quedamos?

 


¿En dónde nos quedamos?

 

Por Sigfrido Viguería Espinoza

 

Viajé a la Ciudad de Chihuahua por una invitación que mi amigo Jesús Chávez Marín me hizo al Departamento Editorial de la UACh, para una entrevista. Llegue el 29 de junio a una Chihuahua lluviosa. Quedé de verme con mi amiga Luly y con su familia en la Deportiva, enseguida del Campus uno de la UACH.

Siempre me gustó esa Deportiva, ahora tan vieja como yo. Había ese día un evento de una asociación para que las familias chihuahuenses convivieran a bajo costo con juegos entre tradicionales y modernos. Mucho calor por el sofoco de la lluvia evaporada. Más tarde, mi amiga Luly, su familia y yo nos fuimos a la cabaña que tienen en Aquiles Serdán. Otra vez estaba lloviendo y mi amigo Iván me dijo que el norte de la ciudad estaba inundado. Acá en el sur, lluvia medianamente intensa. Los cerros y los mezquites reverdeciendo de nuevo.

Recordamos Luly y yo de cómo había sido nuestra mocedad universitaria. Llegó la noche y me despedí de ella y su familia. Rumbo a la casa de Iván, ya en su casa, bebimos una cerveza y platicamos sobre estas lluvias y como Chihuahua se veía viva. Nos dormimos tarde, pero debía yo estar listo para la entrevista del lunes 30 de junio.

Me levanté temprano, me alisté y me fui a la Facultad de Filosofía y Letras del Campus uno, desde mi opinión el jardín y la arboleda más bonita de la ciudad. Le llamé a mi amigo Jesús y nos encontramos en la intersección de la Dirección de Extensión y Difusión Cultural. Nos dimos un gran abrazo y nos tomamos una foto de recuerdo. Amable y contento, me presentó a todo el equipo de Editores UACH.

Hicimos la entrevista, que ustedes escucharán en dos meses por Spotify, y luego nos fuimos a tomar un café y platicar. Contamos lo más reciente de nuestras vidas y el significado de escribir. Le dije que estaba emocionado de volver a mi Alma Mater y de ser entrevistado. Me comento que estaba igual de contento que yo, y es que los y las que escribimos nos alegramos cuando somos escuchados. Me preguntó: ¿Profesor o escritor?

Me quedé callado un poco. Difícil para mí estar callado.

Estos años he sido más profesor que escritor. He sido cantante y escritor; ahora académico y profesor. Pero me salva que me hagan preguntas y platiquen conmigo en una entrevista.

Preguntó también: ¿Cantas en algún bar?

Le dije que no. He cantado en eventos culturales, graduaciones, asociaciones, pero no vivo de eso.

Me dijo: es que en la literatura se invierte mucho y te da contento o drama, pero no dinero. No nos importa el dinero ni a mi amigo Jesús ni a mí. Nos importa todo lo que pasa afuera y dentro de nosotros y cómo en un texto se puede recrear la vida.

Le dije a Jesús que un posgrado o un grado cualquiera nos debiera hacer más sensibles y sencillos, en lo que estuvo de acuerdo conmigo.

De regreso a su oficina nos perdimos y lo guie otra vez a su lugar de trabajo: andábamos como en Comala, buscando el lugar y las voces. Nos acompañamos y nos despedimos con un fuerte abrazo, listos para la siguiente aventura.

 


Sigfrido Viguería Espinoza es licenciado en letras españolas por la UACH. Tiene estudios de maestría en educación y doctorado en pedagogía. Es profesor de literatura en el Colegio de Bachilleres y asesor académico en la Normal Superior de Nuevo Casas Grandes. Escribe una columna llamada Mito, Literatura y Realidad en El Diario de Juárez. Tiene publicaciones en la revista literaria Hambre, en el podcast El buen Cruel, diario digital de Agua Prieta. Ha publicado en semanarios y revistas literarias como Nosotros, Metamorfosis y Letra Nostra. Es promotor cultural y académico en Normal Superior José E. Medrano R, UACJ Nuevo Casas Grandes y UPN Nuevo Casas Grandes. Dedica su tiempo a la literatura, la discusión académica y el canto lírico. Publica constantemente ensayos y poemas en medios impresos y electrónicos. Tiene publicado un libro que se llama Utrora.

La madriguera de la zorra

 


La madriguera de la zorra

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Jesucristo declaró a alguien que quería seguirlo, aparentemente sin la convicción total que el quería de sus seguidores, que mientras la zorra tiene su madriguera y el pájaro su nido, Él el Hijo del Hombre no tenía donde recostar su cabeza.[1] Esta sola mención dignifica la morada de este cánido (Vulpes vulpes), conocida también como guarida o zorrera. Pero, ¿sabemos que pasa dentro de uno de estos lugares? Este relato tratará de aclararlo.

Trabajaba yo, ya hace algunos años, en un hospital en la Sierra Tarahumara. De cuando en cuando, el trabajo era agobiante y buscaba yo algún lugar a donde poder pasar un rato, solo y mi alma, y recobrar la energía que mis labores requerían. Encontré un lugar en donde podía hacerlo: el cementerio o el arroyito que pasaba a un lado del mismo.

El arroyito había labrado su curso justo al lado del cementerio y quedaba por ello a un nivel más bajo, de manera que caminando al lado de la corriente, que casi todo el tiempo era muy reducida, el cementerio y sus tumbas quedaban prácticamente a la  altura de mis ojos. En la pared de tierra que así se había formado, de pronto vi a una zorra que se metía en un agujero. Es decir el agujero estaba literalmente bajo el cementerio. No pude evitar pensar que si las zorras excavaban su guarida en la misma tierra en que los hombres enterraban a sus muertos, las primeras se beneficiarían de un nuevo banquete cada vez que esto sucedía.

Por alguna razón los reportes respecto a la alimentación de las zorras, que listan todo lo que comen o llegan a comer estos animales, evitan mencionar que las zorras puedan comer carne humana. Muchos de esos escritos dicen que las zorras sí comen de los despojos dejados por animales más grandes, lobos, leones etcetera, pero omiten que alguno de estos residuos pueda ser un cadáver humano.

Imaginemos qué pasa ahí dentro:

¿Por qué lloras hermanita?

Porque acabo de enterarme de que los humanos llaman zorras a las mujeres malas.

Pero también llaman zorros a los individuos creo que pueden ser machos o hembras que son vivos y de agudo ingenio.

Y ¿qué quiere decir zorrear?

Es como husmear, como observar lo que está pasando.

Sabes que nuestras parientes las zorras plateadas fueron un símbolo de riqueza y distinción.

Sus pieles dirás. No me interesaría volverme plateada y ser despojada de mi piel.

Querida hermanita, todavía creo que hay más de positivo en ser una zorra o un zorro.

Pues en aquella fábula de Esopo, de la zorra y las uvas, nos pintan arrogantes, como que no sabemos perder. Pero finalmente parecemos estúpidas.

Es una defensa común: cuando uno fracasa en un empeño decir que al cabo ni lo quería.

El cuento no especifica que alguien estaba observando a la zorra tratar de alcanzar las uvas. Si alguien aun de limitada inteligencia la vio, concluirá que la zorra fracasó y que su arrogante postura final es estúpida. Por otra parte, cuando la zorra, en otra fábula, aparentemente habiendo aprendido la lección, le da tal coba al cuervo que lleva un queso en la boca que a consecuencia de ello suelta el queso y la zorra se apodera de él.

Pero algo raro le pasaba al tal Esopo, ¿no crees? Las zorras no comemos ni uvas ni queso. Al menos de rutina. Ya lo investigué, pero la zorropedia dice solo que somos omnívoros, es decir que comemos o podemos comer de todo. Es decir uvas, queso y aun carne humana.

Pero no hablan de mí. Para mí no hay nada mejor que un pollo tiernito. De cualquier manera, hay quienes nos celebran sin juzgarnos.

Dime ¿quienes?

Los tarahumares, tienen una hermosa melodía llamada usani keyochi, las seis zorritas.

Pero volviendo a lo de nuestra alimentación: alguien habrá pensado que porque nuestra guarida está precisamente en el panteón, la carne humana en descomposición debe formar parte de lo que comemos. Por desgracia alguien me ha visto esta mañana y seguro andará ya contándolo por ahí. De seguro pronto vendrán a cazarnos.

¿Lo crees? Yo creo que ya antes nos había visto alguien y no dijo nada. ¿Quién fue el que te vio esta vez?

El médico ese, seguro se lo contará a todos y pronto habrá una partida de cazadores que vendrá tras de nuestras pieles.

Todavía podemos mudarnos a la otra guarida, arroyo abajo.

¡Es inútil! Traeran perros que olisquearan nuestro rastro. Mejor esperemos aquí, tal vez el doctor no diga nada.

Si alguien te oye sigue habiendo Esopos por ahí creerá que nos quedamos por lo de tener asegurado el sustento: la carne de los muertos del panteón.

Y eso que no se han dado cuenta de que si usáramos esa carne sería únicamente la de los tarahumares, ya que los entierran envueltos en una cobija y no dentro de una caja de madera como lo hacen los mestizos. Dirían sus sociólogos que es discriminación.

De vuelta a lo mismo. A ellos les importará saber si en realidad somos omnívoros o no, o que tan omnívoros. Pero a nosotros nos dará lo mismo. Sigo prefiriendo mi pollito.

Lo que sigue: el humo de ocote para sacarnos de la madriguera, los perros, los disparos de escopeta.

De alguna manera sobreviviremos, desde que hay hombres hay zorros y zorras.

¡Amén!

 


[1] Mateo 8:20, Lucas 9: 58-60.



Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico y Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores.

La arena cede a nuestro peso

 


La arena cede a nuestro peso

 

Por Sergio Torres

 

Cierra los ojos y mira.

La vida se despliega desde adentro.

Palpitas, vibras, te extiendes

como perfume, expeles tu esencia.

Como fogata iluminas, calientas, atraes

con hipnótico poder.

Sin amarras, atas.

Sin voz, cantas.

Dentro de la fantasía.

Abrazo la contradicción:

soy uno sin ti.

Contigo soy más.

En el telar del universo,

dentro de sus tejidos precisos,

el error es precioso y único.

En esas singularidades nos hallamos.

Sin buscar, el accidente nos une.

Chocan nuestras trayectorias.

En el mismo camino nos hallamos.

La arena cede a nuestro peso,

el viento borra nuestras huellas.

Lo que queda de quererte

se lo lleva el olvido.

Mientras tanto

disfruto de ti,

de tu presencia,

de tus pensamientos.

De sentirte tan dentro,

no hay límite entre mi latido

y el tuyo.

Uno y el mismo.

 


Sergio Torres. Licenciado en Artes, músico desde la infancia, dibujante y compositor de canciones. Maestro de música por vocación.