jueves, 20 de junio de 2024

Dieciocho. Guadalupe Ángeles

Dieciocho

 

 

Por Guadalupe Ángeles

 

 

I

Es una dama de cabello espeso, de rabia contenida; miraba otra cosa al verme; me hubiera dicho qué, si no estuviera tan enojada.

Este lento enroscarme a su conversación es solo un pretexto para salir de la que ya no soy desde esta madrugada. Su mirada, perdida, era quizá un signo de divinidad. Esta desazón eran sus cabellos grises. La escucho, y es suave mi deambular por sus venas, azules ríos, sus ojos, sus manos pequeñas como mi gana de morir, sus manos, que no vi tocando mi cabello. Sé que sus recuerdos dibujados a lápiz sobre mi escritorio, y mi delirio, son hermanos. ¿Hay alguien más, o ella tendrá que cobijarme bajo su ala cenicienta? No pidió ese paso cansado, ¿dónde se escondió la joven que sonreía hace décadas y hoy corre haciendo hogueras?

Cuando le digo: “No he muerto”, ella escucha cómo un amarillo se deslíe desde mi pupila izquierda y recuerda su infancia. ¿Secos ya, sus labios dibujarán la insania para siempre?

¿Qué dijo?: “¡qué serenamente anochece… anochece… mientras no escucho tu nombre… mi nombre… ya solo ráfagas de luz…!”

Vino y fue. Lenta. Volverá a dibujar breves aves bebiendo flores al atardecer, nada más. No hay ningún problema conmigo, quizá el único sea, que estaba demasiado despierta cuando me vino a preguntar por su asunto, quizá por ello, mañana la deba soñar.

 

II

Deshacerme… A veces siento que voy a deshacerme… Camino por estos pasillos llenos de luz falsa… ¿por qué quieren que les diga cómo fueron muertos los niños? Aprieto la boca, quiero explicarles cuando me preguntan, pero se atraviesan en mi mente las imágenes de mi padre diciéndome que yo tenía que ser la hija muerta, que ellos no habían inventado a alguien como yo para nada, para que solo estuviera dibujando pájaros que beben de flores en tardes color ocre. Contraigo los labios y miro a otra parte porque ellos no tienen que saber cómo un lago hacía su nido en mi pecho cuando mi madre me miraba así, como si yo fuera un mueble, cuando no me contestaba y me quedaba sola, hecha un nudo en mi cama, y la madrugada me lamía los pies desnudos.

¿Cómo les voy a decir que sí vi cuando enterraron a los niños en el jardín, en ese pedacito de tierra que, ahora solo tiene flores secas? Yo solo puedo explicarles cómo sale el agua pura pasando por los tubos que yo diseñé para que mamá y papá sepan que me inventaron para eso, para que estuvieran orgullosos de mí, y para que supieran que soy tan perfecta como ellos. Entonces los dibujo, los trazo muy claro; el plano del triciclo a doble tracción; la silla de caoba oscura ornada en pedrería; el vestido largo en rojo escarlata; en azul rey, y exagero, sí, exagero para que vean ellos primero y mis padres luego a través de sus ojos, que soy tan brillante como ellos que me inventaron, y dejen de abrazarse y verse a los ojos y me tapen los pies porque tengo frío en la madrugada, y el lago en mi pecho crece y crece, mientras ellos se toman de las manos y seguro están pensando que debo ser la hija muerta, por eso dejan que la muerte se me suba por los pies desnudos ¿no vieron que tenía tanto frío y por eso me tuve que ir?

Ellos solo me querían muerta; por eso me moría cada que los de la casa de al lado dejaban caer el hacha sobre las cabezas de sus hijos, y luego no limpiaban nada, los iban a dejar allí, donde el jardín es solo un montón de piedrecitas, en la esquina donde se remueve la tierra con las manos. Yo misma lo hice; se me llenaron de raspaditas las orillas de los dedos; se me metieron piedras en las uñas y no pude sacar a los niños muertos. Ya se les había secado la sangre entre los cabellos despeinados; ya no tenían nada allí donde debía haber un cerebro, ellos eran muertos y eran yo porque mis papás no me dejaron enseñarles el lago que se me iba haciendo en el pecho cada que sentía como instante a instante se iba acercando más y más la mañana. No sé por qué me inventaron si no me tapaban de la muerta que me comía los dedos de los pies, se me untaba en las plantas y mordía mis uñas, yo nada más cerraba los ojos muy fuerte y me decía muy clarito que no me iba a dejar que me hicieron eso, por eso me levantaba en las noches y pintaba en las paredes blancas muchos números, el 18 me salvó más de una vez, porque a la muerte le daba miedo el ocho, yo me metía en los circulitos del ocho y ahí me hacía bolita, en el círculo de arriba apoyaba mi barbilla en el borde derecho; sentía el calor de ese número bendito, a veces mis pies lograban calentarse, y yo era la hija del ocho, me hacía bebé ahí, en su pancita de arriba.

Al otro día mi mamá me encontraba con el lápiz en la boca, apretando mi pie derecho: yo era ese número que me alejaba de la muerte; yo era hija de mi número, de mi propia mano dibujando ese número en la pared. Ya no le quedaban ganas de decirme nada a mi perfecta mamá, me cargaba y ya estando yo en mi cama otra vez se iba; ella no iba a decirme que me inventó para que fuera la hija muerta, ya me lo había dicho con sus ojos burlándose, como ahora se burlan los que me preguntan cuándo vi que a los niños les quitaron lo chiquitos con un hacha cayéndoles en la cabeza, y luego se los llevaban donde las piedritas del jardín iban a ser su casa, yo traté de sacarlos, de decirles que no éramos los hijos muertos, mis manos se llenaron de tierra, mi cara de lágrimas, mi pensamiento de esos números que dibujé en la pared para salvarme; pero ya no había pared, solo el cielo sobre el jardín que se me iba diluyendo, que ya se desapareció porque voy caminando por estos pasillos tan iluminados con luz falsa, pero no voy a decirles nada, se me olvida lo que debo decirles porque ya solo importa que mi hijo me necesita, por eso sigo dibujando flores y los pájaros que las beben, por eso me voy despacio para alcanzar a dibujar muchos circulitos como el ocho en colores ocre, rojo y verde, para que en el mercado de las artesanías me den dinero para que mi hijo viva y vaya siendo el hijo vivo que yo quiero que sea; para que tenga muchos dieces y luego una carrera universitaria, un trabajo en un lugar muy bonito y después una esposa y muchos hijos vivos; para que ellos sepan que yo los inventé para que vivieran: mi hijo, su esposa, sus hijos, porque yo quiero que de esta hija muerta falsa vivan todos los que van a quererme ahora sí, y a taparme los pies en la noche cuando tenga frío, para que la muerte no me muerda los dedos chiquitos, para que ya no necesite ningún número para acurrucarme y sí sus risas como de vidrio, las de mis nietos que no nacen pero van a ser niños vivos, porque yo no soy la hija muerta.

Soy la abuela que los abrazo y les canto canciones lindas para que no tengan frío, ni les nazcan lagos en el pecho, mis niñitos vivos, hijos de mi hijo vivo que ya va creciendo muy guapo y muy pronto va a tener a su novia y luego a sus hijos tan lindos, tan mis hijos vivos, tan mis nietos míos, vivos.

Ahora soy un árbol, las bolsas tiernas bajo mis ojos serán los nidos de mis hijos vivos que ya viven en la mirada brillante y buena de mi hijo, que tiene que tener buenas calificaciones porque yo lo inventé para que fuera feliz y en las bolsas bajo mis ojos dormirán sus hijos que van a nacer vivos y serán los hijos vivos de este amor que se me amorata en las noches cuando me aprieto mis pies para que no tengan frío; para que ninguno de mis hijos vivos tenga frío nunca; para que nunca mi hijo deje de mirarme con sus ojos negros cálidos y hermosos con que me mira porque sabe que soy su madre viva, y él es mi hijo vivo, como serán hijos vivos los hijos de sus ojos, que no van a tener nunca frío, ni ganas de dibujar ningún número, ni de inventar nada porque desde ya son perfectos mis hijitos vivos, mis nietecitos míos.

 

 

 

 

Guadalupe Ángeles nació en Pachuca, Hidalgo. Fue directora de la revista Soberbia. Entre sus obras se encuentran Souvenirs (1993), Sobre objetos de madera (1994), Suite de la duda (1995), Devastación (2000), La elección de los fantasmas (2002), Las virtudes esenciales (2005) y Raptos (2009). Ha colaborado en ÁgoraEl FinancieroEl InformadorEl OccidentalLa Jornada Semanal; en las revistas electrónicas nacionales Al margen y Argos y en las españolas: Babab y EspéculoPremio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 1999 por Devastación.

Un día en medio del verano, temprano en la mañana, nací. Sergio Torres

Un día en medio del verano, temprano en la mañana, nací

 

 

Por Sergio Torres

 

 

Un día en medio del verano, temprano en la mañana, nací al mundo con la mano aferrada al cordón umbilical, boqueando como pez pescado, azul, morado, verde, rojo y de todos los colores que tienen los recién nacidos. Húmedo, recibido a besos y abrazos. Envuelto en una camiseta interior de mi papá, vestido en pañales de tela hechura de mi madre. Gorros, guantes, zapatitos tejidos también por ella, mis tías, mis abuelas, las vecinas.

El día que nací, nacieron a la vida mi energía y se selló el capítulo final de mi existencia.

 

 

 

 

Sergio Torres. Licenciado en Artes, músico desde la infancia, dibujante y compositor de canciones. Maestro de música por vocación.

Ilusión óptica. Karly S. Aguirre

Ilusión óptica

 

 

 

Por Karly S. Aguirre

 

 

—Qué pequeñas son tus manos —dijo Greg mientras las sujetaba y las examinaba detenidamente—. Son perfectas —agregó mientras sonreía extrañamente y comparaba el tamaño de sus manos con las mías.

—Me alegra que te gusten —respondí sarcásticamente, pero él no parecía entender el sarcasmo en mi voz, o quizá no le importaba.

Greg se acercó a mi rostro y me besó. Eso me gusta. Sus besos eran lentos y apasionados, me sentí muy excitada en segundos. Mi cuerpo se encendía por donde sus manos tocaban, era como si mi carne fuera pólvora y sus manos fósforos encendidos.

Mis manos se unieron a la excursión, comenzando el recorrido por sus muslos y cayendo en cascada hacía la montaña que se alzaba sobre su pantalón. Bajé la cremallera y ahí estaba su pene, sobre la ropa se antojaba enorme, carnoso, duro, pero desnudo no era imponente. Era el equivalente en grosor, largo y consistencia a una enchilada, y aunque ya había vencido mis estigmas sobre los penes pequeños con experiencias satisfactorias, también sabía que la mayoría de los hombres de penes pequeños tienden a durar muy poco.

Greg, tomó mi mano y la llevó a su miembro, yo lo sujeté del tronco y comencé a hacer movimientos arriba y abajo, él gemía y me decía que mi mano era perfecta y con razón: mi pequeña mano hacía parecer más grande a su pene pequeño. Esto apenas cruzaba por mi cabeza cuando Greg terminó, como dije antes. Volví a comprobar que la mayoría de los hombres de pene pequeño no duran mucho.

 

 

 

 

Karla Ivonne Sánchez Aguirre estudió en el bachillerato de artes y humanidades Cedart David Alfaro Siqueiros, donde estuvo en el especifico de literatura. Actualmente estudia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Escribe relatos y crónicas en redes sociales.

Un chorro de churros (un acercamiento a esas delicias cinematográficas). Luis Raúl Herrera Piñón

 

Rollos cortos

Un chorro de churros (un acercamiento a esas delicias cinematográficas)

 

 

Por Luis Raúl Herrera Piñón

 

 

Resulta más fácil saber qué es un churro cinematográfico que definirlo. Se tiene la idea de que el término «churro» aplicado a una película es despectivo y significa que aquella es de mala calidad, prácticamente material desechable. Pero si atendemos a lo afirmado por el ilustre historiador del cine mexicano Emilio García Riera encontraremos que el término fue utilizado para señalar a aquel cine producido en masa, de manera barata y con poquito o nada de valor estético y artístico. En ese sentido, la industria cinematográfica de la época de oro del cine mexicano hacía muchísimas películas al año, como si de churros (los de comer) se tratara; salían uno tras otro de esa maquinita de hacer filmes que eran los estudios de cine de entonces, ya fuesen CLASA o Churubusco, entre otros.

Y sí que se hacían montones películas, muchas de ellas excelentes, pero otras, inevitablemente, nacían ya hechas «churros», y es que solamente así se entiende que, según datos dados a conocer por el IMCINE, se hayan producido en México 1,078 películas en el periodo comprendido entre 1950 y 1959, es decir ¡más de cien por año!

Si entrar en polémicas y atendiendo a la idea de que «en gusto se rompen géneros» podemos afirmar que no todos los churros son aburridos, y si uno de los usos del cine más conocidos es el de entretener, de pasar un rato ameno, entonces los churros tampoco son del todo inútiles. Ejemplos hay de churros que se colocan ya entre las elegidas películas de culto.

Juan Orol, el director considerado «El rey de churro» hizo películas tan malas que de tan malas ahora son dignas de análisis en prestigiosas escuelas de cine.

Para entender el grado de maestría con que Orol concebía sus maravillosos churros, Emilio García Riera, en el prólogo del libro sobre el cineasta que escribió Eduardo de la Vega Alfaro, recordaba que en una ocasión le preguntó a Orol cómo era posible que, en una escena de una de sus películas, ametrallase a un grupo de gángsters sentados de espaldas a un gran ventanal sin que se quebrase un solo vidrio. Y que Orol respondió: «¿Y qué? ¿Me iba  usted a pagar los vidrios rotos? Y además, cree usted que el público va al cine a ver vidrios rotos?».

Seguramente el maestro Luis Buñuel tenía razón cuando le dijo a Elena Poniatowska en una entrevista que el churro cinematográfico puede ser a veces un cúmulo de aciertos técnicos, que incluso puede ganar un Premio Óscar, e incluso ser vitoreado en los festivales. Para el maestro Buñuel el churro era un caso más de actitud que de otra cosa, de conformismo, de borreguismo, de seguir haciendo lo ya está hecho, y no atreverse a dar un paso más allá, hacia lo novedoso, a no conformarse jamás con más de lo mismo.

Pero hay más de un «rey del churro». El Santo, el enmascarado de Plata, hizo tantos churros que se puede decir que «dignificó ese término» con sus magistrales lances. Y se sabe que él mismo estaba convencido de que todas sus películas eran puros churros, como lo demuestra una anécdota contada por Gabriel López, guardaespaldas de El Santo, en la cual refiere que al luchador le gustaba ir a ver sus películas al cine y que en cierta ocasión López le comentó que exhibían Las momias de Guanajuato en el cine Sonora, a lo que El Enmascarado de Plata contestó: «Órale, vamos, tú disparas el chocolate y yo los churros».

A continuación (y para visionar durante los calurosos días que tenemos por delante) una recomendación de los mejores churros de producción nacional, imprescindibles para quien quiera pasar momentos entretenidos, sin grandes pretensiones intelectuales:

Charros contra gángsters, El charro del arrabal, Cabaret Shangai, de Juan Orol.

El Santo contra las mujeres vampiro, El Santo contra los zombies, El Santo en el museo de cera, pero, sobre todo, Santo, el enmascarado de plata, contra la invasión de los marcianos.

El extraño hijo del Sheriff, Puerto maldito y prácticamente toda la filmografía de los hermanos Almada, excepto, quizás, Todo por nada y las películas de Juan Antonio de la Riva donde aparece Mario, como Pueblo de Madera y El Gavilán de la Sierra, así como películas donde actuó Mario, como Divinas palabras» y La viuda negra entre otras.

Vacaciones de terror con Pedrito Fernández con todo y muñeca diabólica incluida.

Cañitas. Presencia, El triángulo diabólico de Las Bermudas«…y algunos otros churros que puedan olvidárseme.

Hasta la próxima.

 

 

 

 

Luis Raúl Herrera Piñón es el jefe de la Unidad de Cine de la Quinta Gameros desde hace 19 años, tiempo en el que ha privilegiado la difusión de la cultura, a través de cine de calidad. Durante años publicó en El Heraldo de Chihuahua su columna Rollos cortos, en donde hacía crónicas y crítica de cine.

miércoles, 19 de junio de 2024

A un hombre llamado Mauro, mi padre. Marco Benavides

A un hombre llamado Mauro, mi padre

 

 

Por Marco Benavides

 

 

No puedo recordar cuándo me di cuenta de tu presencia en mi vida, desde mis primeros momentos de conciencia de mi entorno, hasta el día en que el inexorable paso del tiempo nos separó para siempre. Fue solo un momento, una singularidad en el éter y la vasta extensión del Cosmos. Y ahí estaba yo, tu hijo. Fuiste mucho más que un progenitor: fuiste el faro que iluminó mi camino, el ejemplo que siempre traté de seguir, y la voz que orientó mis decisiones importantes.

Naciste en tiempos de cambios turbulentos y desafíos que yo solo conocí a través de tus relatos. Creciste en una época donde la fortaleza y la perseverancia eran moneda corriente, valores que sin duda te impregnaron de una determinación inquebrantable. Viviste en tu infancia la circunstancia del país durante una guerra mundial.

Nada se tiraba de primera intención, con eso tenías que arreglártelas hasta que se acabara completamente. Fuiste hijo de una familia con doce, en un ambiente en el que no había más para todos que todos que trabajar duro, físicamente, de sol a sol, para obtener el sustento. Con el pasar de los años, y a medida que te convertiste en padre, esos valores se transformaron en las bases de nuestro hogar.

Recuerdo tus manos fuertes, siempre dispuestas a trabajar arduamente por nuestra familia. Tus horas interminables en el trabajo nunca fueron motivo de queja; al contrario, nos enseñaste el valor del esfuerzo y la dedicación. Aunque tus jornadas eran largas y a veces agotadoras, siempre encontrabas tiempo para estar con nosotros, para escuchar nuestras inquietudes y celebrar nuestros logros más pequeños como si fueran grandes hazañas. Recuerdo que de niño me inspiró a ser médico el aroma de tu maletín de cuero, con tu instrumental de trabajo, que yo veía con curiosidad infantil, como un tesoro.

Te gustaban los automóviles, y sabías de mecánica desde joven. Me enseñaste al ayudarte a cambiar una llanta, limpiar unas bujías o un filtro de aire para motor. Recuerdo claramente que me enseñaste lo que era el tiempo del motor, cómo medirlo y ajustarlo. Te gustaba tener tu carro siempre limpio y reluciente, y estabas orgulloso cuando me enseñaste a manejarlo.

Médico de profesión, tu sabiduría era tan vasta como tu corazón. A través de tus palabras aprendí lecciones que ningún libro podría enseñar. Recuerdo tus consejos sobre la importancia de la honestidad y la humildad, sobre cómo enfrentar los desafíos con valentía y cómo tratar a los demás con respeto y compasión.

Cada conversación contigo era una oportunidad para aprender algo nuevo, no solo sobre el mundo que nos rodeaba, sino también sobre mí mismo. Me enseñaste lo que era la presión sanguínea y cómo medirla. Estuviste ahí cuando el jurado que había aprobado mi examen profesional estuvo de visita en la casa. Orgulloso de mí sin duda, pero nunca obsequioso.

Tu amor por la literatura marcó profundamente mi propia pasión por las palabras. Desde temprana edad me enseñaste a apreciar la belleza de un buen libro, a perderme en las historias que transportan a mundos desconocidos y a encontrar consuelo en las palabras de los grandes escritores. Recuerdo claramente que me platicabas sobre la Divina Comedia, y yo escuchaba fascinado.

Sabías francés, y en alguna ocasión con motivo de un triunfo de Francia en el futbol cantamos juntos la Marsellesa. A menudo recuerdo cómo compartíamos nuestros pensamientos sobre libros favoritos, intercambiando ideas y reflexiones como dos almas que se comprenden profundamente.

Pero más allá de tus palabras y tu arduo trabajo, lo que más valoro de ti, querido padre, es tu amor incondicional. Eras duro, a veces reacio a la razón de los demás, especialmente cuando los años se te vinieron encima, con el sufrimiento familiar y los problemas de salud, pero siempre estuviste ahí para mí, en los momentos felices y en los momentos difíciles.

Un día como cualquiera, caminaba a tu lado y de alguna parte salió un perro que me atacó, pero tú te pusiste delante de él, espantando al animal con tu valor. Tus abrazos eran el refugio donde encontraba consuelo, me dabas una bendición en la frente con la señal de la Cruz cada vez que me iba lejos, tu risa era la melodía que alegraba los días, y tu presencia era la certeza de que nunca estaba solo en este singular viaje llamado vida.

Aunque el tiempo nos haya separado físicamente, sé que tu legado perdurará en mi alma cada día que respire y tenga conciencia. Me enseñaste el verdadero significado de la familia, el sacrificio y el amor desinteresado. Cada vez que miro atrás, veo tu influencia en las decisiones que tomo, en las palabras que elijo y en la manera de ver el mundo que me rodea. Fuiste y siempre serás mi guía y mi inspiración para superarme. Cuando ya te ibas, en esa cama de hospital, herido de muerte por la sepsis, tuve la oportunidad de besar tu frente y decirte al oído cuánto te quería, pedirte que descansaras del dolor.

Hoy, mientras escribo estas palabras llenas de gratitud, pienso en todas las veces que desearía haberte dicho esto en persona, haber podido expresar cuánto significabas para mí. Pero no eras un hombre de palabras sentimentales. Callado y determinado, expresabas tu amor por mí de mil y una otras formas. Pero tengo la certeza en lo más profundo de mi corazón, que de alguna manera estás aquí, leyendo estas líneas y sintiendo la admiración que emana de cada palabra.

Gracias, querido padre, por todo lo que hiciste por mí. Tu vida fue un regalo para los que tuvimos el privilegio de conocerte, y tu memoria vivirá eternamente en nuestros corazones. Que allá, donde sea que estés, tengas la paz y la felicidad que mereces, sabiendo que tu amor perdura en cada uno de nosotros, tus hijos, que seguimos adelante con el legado que dejaste.

 

16 junio 2024

 

www.medmultilingua.com/index_es.html

drbenavides@medmultilingua.com

 

 

 

 

Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

El gato se asomó saliendo despacito de su cueva. Ignoraba que una sentencia de muerte se cernía sobre su cabeza. Fructuoso Irigoyen Rascón

El gato se asomó saliendo despacito de su cueva. Ignoraba que una sentencia de muerte se cernía sobre su cabeza

 

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

 

El gato se asomó saliendo despacito de su cueva. Ignoraba que una sentencia de muerte se cernía sobre su cabeza. Era que para los humanos se había excedido, había cruzado la raya… pero si los gatos no saben de rayas, eso es cosa de los humanos.

Había señales de que esto pasaría, ya sospechaban los humanos que era él quien se había robado aquellas cecinas que desaparecieron del lugar donde las extendían para que se secaran al sol. Claro es que la primera vez que eso sucedió habían sospechado que el otro clan de humanos se las habían llevado. Pero ahora el otro clan ya no estaba, la tos los había matado a todos. Tenía que ser el gato.

Más no fue el robo de la cecina lo que colmó el plato, sino el ataque al niño. El pobrecito apenas comezaba a caminar sin apoyo, su mamá lo vigilaba mientras el hacía sus pininos en el espacio que a manera de atrio mantenían frente a la choza. El gato saltó sobre él, intentaba devorárselo. La mamá saltó desde donde estaba sentada agitando un palo.

—¡Fuera de aquí maldito gato!

Tal fue el escándalo que el gato huyó despavorido dejando atrás su presa. Y llegaron todos —prácticamente todos, menos los que andaban fuera cazando— y casi se paralizaron al ver al infante sangrando profusamente. Una vez que dejó de sangrar y que lavaron los rasguños:

—¡Pobrecito, marcado de por vida!

Su carita de ángel rasgada y ‒anticipaban‒ cubierta de cicatrices.

—¡Debíamos de haberlo matado desde que robó las cecinas!

Llegaron los cazadores, que eran tres. Aunque usted no lo crea se llamaban Tum, Pum y Turum. Vieron al niño y apenas creían lo que les decían que le había pasado.

 —¡Vamos por él!sentenció Turum.

Tum, el cazador más viejo y con mayor experiencia, habló entonces:

—No, no vamos por él. Ha probado la sangre del niño y volverá por más. Dejemos que él venga a nosotros. Aquí lo mataremos.

Más que por la fina lógica cinegética de Tum, por el respeto —tal vez miedo— que le tenían, todos apoyaron su opinión. Tomarían turnos, aunque el ataque al niño había sido de día, es bien sabido que los gatos rondan de noche. Los tres cazadores comezarían; seguiría la mamá del niño, la única persona que había visto al gato. Al narrar a los demás cómo era el animal, dejó claro que, aunque enorme, no era uno de esos dientes de sable de que hablaban en las tertulias alrededor del fuego.

—Dicen que ya se acabaron. Tum tiene un colmillo ¿lo cazaste?

—No, lo cambié por una piel a uno del otro clan.

—De los que mató la tos.

—De esos mismos.

El tema era ‒por lo menos‒ incómodo. La extinción del tigre de dientes de sable y del otro clan hacían que temieran que tambén ellos mismos pudieran estar en camino a la extinción. Un comentario que resumía este temor:

—No nos podemos dar el lujo de perder un niño.

Ali, la mamá del niño alistaba ya su garrote, el mismo con el que había salido a espantar al gato.

Tum la interpeló:

—No basta con espantarlo, o golpearlo. Necesitas algo más que ese palo para matarlo —dijo, mostrándole el hacha de piedra que siempre lo acompañaba.

Pum, por su parte, coqueteaba con el nuevo invento que ahora se difundía como el fuego de campamento en campamento: el arco y la flecha. Todavía no se les ponía puntas de sílex a las flechas, eran estas simples jaras con puntas afiladas. A pesar de su poca eficacia más allá de unos pocos metros, el arma había demostrado su letalidad en varios encuentros con otros clanes.

No tuvieron que esperar mucho.

Pum estaba de guardia, la noche empezaba a caer y de entre la maleza salió el gato. Pulsó el arco, puso en él la mejor flecha que tenía, caminó dos pasos acercándose al animal y disparó. La flecha voló pero ya iba completamente de lado cuando alcanzó al felino. Volvió este la cabeza y encontró al que lo había atacado. Ya ponía en el arco una segunda flecha cuando el enorme felino se avalanzó sobre él. Con una tremenda tarascada casi amputó la mano que pulsaba la cuerda del arco. Su grito despertó a todos. Tal como había pasado cuando el gato atacó al niño, la mujer salió de la choza blandiendo su garrote y gritando. Y tal como aquella vez, el gato huyó espantado.

Tum tomó su hacha y salió del campamento siguiendo la huella del gato y las gotitas de sangre de su amigo que dejaba en su camino.  Aunque con dificultades pues comenzaba a lloviznar ‒y pronto la lluvia borraría las huellas‒, llegó Tum a la cueva, la misma que aparece al principio de este relato. Su instinto de cazador y unas huellas recientes le indicaban que el gato ya había estado allí pero había salido de nuevo, se había marchado. El cazador decidió de todos modos explorar la cueva. Agachándose, casi poniéndose a gatas, libró la entrada y se vio en una amplia cueva. Alcanzó a ver los cachorritos en un rincón y un instante después sintió las garras de la gata clavarse en sus hombros y la parte superior del pecho. Sus fauces ya se cerraban sobre su cuello. La hembra era más pequeña que el macho, pero dos veces más feroz. Su piel más obscura.

Habiendo cometido un error ‒puede pasarle a cualquiera, incluso a un cazador experto como él‒ Tum estaba en un terrible predicamento, con la gata encima y limitado por las paredes, piso y techo de la cueva no podía blandir su hacha. Acumulaba heridas hasta que pudo arrojar al suelo a la gata. Entonces pudo atestarle un hachazo y partirle la cabeza. La gata convulsionó y minutos después dejó de moverse. Los cachorritos miraban espantados al asesino de su madre.

Todavía evaluando sus heridas y aplicando presión sobre la mayor de ellas, la que sangraba más, en medio de esto pensó en llevarse los gatitos al campamento para que jugaran con ellos los niños —antes de matarlos. En eso oyó un ruido que venía de la entrada de la cueva —es el gato, pensó— y se disponía a continuar la lucha para lo cual agarró con fuerza el mango de su hacha. Pero fue una falsa alarma. Siguió ocupándose de sus heridas, procediendo luego a desollar a la gata muerta.

No dejando de vigilar la entrada de la cueva, por si volvía el gato macho, se ocupó de colocar los gatitos en un costal que llevaba y que le servía de ordinario para llevar los frutos de su caza. Otro ruido, otra falsa alarma. Salió de la cueva con sus heridas sangrando, la piel de la gata enrollada bajo el brazo y los cachorros en el costal. A pesar de que ahora llovía con más intensidad, permaneció varias horas junto a la entrada de la cueva, pero el gato brilló por su ausencia. Tal vez ‒pensó Tum‒ estaba observándole oculto en la maleza. Las heridas a cada momento se tornaban más dolorosas. Así que decidió retirarse al campamento.

Al aparecer Tum en el patio encontró a su gente ahí reunida. Viendo la piel que cargaba bajo el brazo gritaron de júbilo pensando que era la del gato. Pronto aclaró el cazador que no era la piel del gato sino la de su compañera. Entonces depositó el costal con los gatitos en el suelo y estos se asomaron y pronto estaban rodeados de los niños que se complacían en abrazarlos, levantarlos, dejarlos caer. Los gatitos no sabían si era juego o tortura. Tum se había dejado caer pesadamente mientras que dos mujeres examinaban sus heridas. ¡Dejarse querer!

—Ésta es más profunda, la del cuello. Las otras sanarán pronto.

Tum cayó en la cuenta que el niño que había sido atacado primero no se encontraba entre aquellos que se complacían en jugar con los gatitos.

—¿Y Ugluk? —preguntó temiendo que lo peor hubiera sucedido, que hubiera fallecido por las heridas.

Emitió un suspiro de alivio cuando le dijeron: «Solo es que le tiene mucho miedo a los gatos». Pensó entonces: «Ya se le pasará».

Con los dos cazadores de más experiencia fuera de combate, solo quedaba Turum, aquel fornido joven que no ocultaba su ambición de desplazar a Tum como el cazador estrella del clan. Esta era su oportunidad. Ya tenía un plan en mente y lo propuso al clan. Tum sintió que el plan de Turum no era lo mejor que se podía hacer, pero adolorido y febril por sus heridas que comenzaban a mostrar signos de estar infectadas, no dijo nada.

Lo que propuso Turum fue matar a dos de los tres cachorros y dejar los cuerpecillos en el atrio frente a la choza y derramar su sangre alrededor de ellos, una de las patas traseras del tercer gatito debería atarse a una estaca a manera que este maullara desesperado y atrajera al gato macho. Él aguardaría escondido detrás de un arbusto que había al borde del patio con un hacha similar a la de Tum.

El gato apareció esa noche ‒¿atraído por los maullidos de su hijuelo? ¿por el olor de la sangre? ¿por venganza? o ¿simplemente por hambre?‒ Los gruñidos que profería sugerían que era una combinación de todo eso. El animal se veía enfurecido. Una vez que avanzó hasta donde estaban los gatitos, los muertos y el vivo, el gatito sobreviviente parecía responderle con tiernos maullidos.

Turum saltó desde su escondite y dirigió su hacha a la cabeza del gato, pero —cosa del miedo o de la excitación— dio en el cuello del bicho. Maulló de dolor y se hubiera esperado que fuera a echarse encima de Turum ‒el cazador cazado. En ese momento desde la puerta de la casa se oyó un grito ‒ya familiar. Era Ali. Y nuevamente el gato huyó despavorido.

El gato no volvió a aparecer por el campamento del clan. Sería que murió por la herida que Turum ciertamente le habia causado ‒aunque todos lo dudaban‒, o que al perder su familia y ver vulnerada su morada busco una nueva guarida. Cuando Tum se recuperó salió a buscarlo sin éxito. Un cazador de otro clan que encontró un día que se alejó de sus lugares de caza habituales le contó que un gato como el que él buscaba había sido ultimado por alguien de su clan. El caso es que el gato desapareció, pero no el miedo. El miedo a veces protege a quien lo sufre.

El gatito fue creciendo y los niños lo consentían como el prmer día. Todos sabían lo que habría de pasar, y pasó. Un día rasguñó a uno de los chiquillos, pudo ser un accidente, pero a todos quedó claro que las uñas del animal tenían filo cumo de navajas. No tuvo una segunda oportunidad. Tum explicó serenamente a los niños que ansiosamente buscaban al felino por todos los rincones:

—Nomás se fue. Lo llamó la voz de la selva.

 

 

 

 

 

El famoso médico y explorador Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, avisa que acaba de aparecer su nuevo libro, Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores, publicado por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. En el colofón dice que la edición es de 2019, sin embargo, a causa de la pandemia, apenas acaba de salir de imprenta este agosto de 2021.

martes, 18 de junio de 2024

Un día, de repente, llegué. Sergio Torres

Foto Gaspar Jiménez

Un día, de repente, llegué

 

 

Por Sergio Torres

 

 

Un día, de repente, llegué al mundo. Era martes. Estaba lloviendo, la casa de la partera tenía una enorme ceiba al lado. Mi papá llevó a mi mamá montada en una bicicleta de su casa a la otra. Esperar mi nacimiento fue esperar también la muerte de mi gemelo, el bueno, el que nunca llegó a respirar. Era el cumpleaños de mi papá, era el nacimiento de los mellizos, era la muerte de uno de ellos. Era el agua para el café en la casa de enfrente, cruzando la calle vivía mi abuela paterna. Era el día en que se celebraba la vida, en el que la muerte les recordaba su permanencia temporal.

 

 

 

 

Sergio Torres. Licenciado en Artes, músico desde la infancia, dibujante y compositor de canciones. Maestro de música por vocación.