viernes, 10 de enero de 2025

jueves, 9 de enero de 2025

El taxista Juan Cereceres


 

El taxista Juan Cereceres

 

Por Alberto Heredia Castillo

 

En dos ocasiones diferentes tuve necesidad de viajar a la ciudad de Cuauhtémoc, y casi siempre me fijaba en una placa frente al Rancho de Prieto, una loma con arroyo donde se encontró el cuerpo de un taxista asesinado a mediados de los años cincuenta. Fue señalando como responsable al entonces gobernador del estado, Oscar Soto Máynez.

El caso fue muy famoso y movió miles de personas en Chihuahua, en Parral y en Juárez, pues el movimiento contra el gobernador tenía ya tiempo y el expediente era grueso.

Al final el gobernador fue depuesto, pero el asesinato quedó sin ser esclarecido.

Yo estaba en la primaria José María Mari número 138 y también sufrimos porque nuestra escuela fue vendida. Nos mandaron a un nuevo plantel, a donde ya no ingresé al sexto grado, pues me matricularon en el naciente Colegio Patria.

Recuerdo que años antes, en mi barrio había un comité de Mejoras materiales que presidía mi papá y que casi todos los sábados realizaba bailes en la escuela José Dolores Palomino (la antigua, no la que conocemos). Yo duraba despierto, jugando en el patio de mi casa haciendo carreteras hasta que mi mamá me llamaba para dormir. Según escuchaba platicar a los grandes, el gobernador asistía a casi todos los bailes y cooperaba en un ánfora donde cooperaban todos los que querían un distintivo para poder bailar y dedicar canciones. Decían que en el barrio tuvo dos novias, las más bonitas adolescentes que asistían a los bailes, así tenía en cada barrio donde había comité de mejoras, comentaban.

Soto Máynez tomaba mucho, según se decía en las pláticas de los mayores, y luego invitaba a los comités a banquetes donde departía con los representantes de colonias y barrios. Era muy popular. Ya de adulto leí que el gobernador fue muy corrupto y que presumía de su amistad con Miguel Alemán, con quien compartió estudios en la ciudad de México. Por eso el gran movimiento en su contra, encabezado por Lázaro Villarreal, máximo dirigente de la masonería en el estado y exitoso empresario.

Sobre el taxista Juan Cereceres se han contado dos versiones diferentes: una dice que murió por salvar a la mesera de un café cuando un pistolero la maltrataba. La otra cuenta que fue contratado por uno de los guaruras del gobernador para recoger una o dos veces por semana a una hermosa mujer para llevarla hasta donde su enamorado la esperaba. Al parecer la mujer se enamoró del taxista, y eso causó su desaparición y su muerte.

Cuando Soto Máynez fue obligado a renunciar, le sustituyó un general llamado Jesús Lozoya Solís y de él se decía que era igual que el anterior, y por eso vendió nuestra escuela, que le recortó el presupuesto a la universidad y que tenía negocios turbios con el manejo de medicinas, pues era médico militar, abuelo de Emilio Lozoya Austin, el acusado de recibir millones de la constructora Odebretch cuando fue director de Pemex.

Hay una trama en la historia del estado y del país que ocupa muchos libros y ríos de tinta, esta de Cereceres y soto Máynez es apenas una de ellas.

 


Alberto Heredia Castillo nació en Chihuahua el 2 de julio de 1945. Escuela José Ma Mari 138 y Colegio Patria, la primaria, Benemérita Escuela Normal del Estado, Normal Superior José E Medrano. CCHEP. PCM. PSUM. PRD. Morena. Jubilado.

Una mujer


Una mujer

Dibujo de Violeta C V

Fantasmas



Fantasmas

Dibujo de Larissa C V

miércoles, 8 de enero de 2025

La metamorfosis de la palabra escrita: entre la nostalgia y la reinvención digital

 

Diseño de Marco Benavides con I A

La metamorfosis de la palabra escrita: entre la nostalgia y la reinvención digital

 

Por Marco Benavides

 

Hubo un tiempo en el que escribir era un acto casi ritual. La pluma recorría el papel como un pincel sobre un lienzo, cada trazo dejando una huella que contenía no solo palabras, sino también la pasión y el esfuerzo de quien las escribía. Leer, por su parte, era un ejercicio pausado, un viaje donde el lector podía perderse entre las páginas de un libro hasta encontrar un pedazo de sí mismo en las historias ajenas. Hoy, en cambio, vivimos una época de transformación en la que la tecnología ha revolucionado las formas de leer y de escribir, llenándolas de posibilidades, pero también de tensiones.

El advenimiento del libro electrónico ha sido uno de los cambios más notables en la historia reciente. Dispositivos como el Kindle han democratizado el acceso a la lectura, permitiendo llevar bibliotecas enteras en un bolso. En un mundo donde el espacio físico es un lujo, la promesa de almacenar miles de libros en un dispositivo delgado es, sin duda, tentadora. Sin embargo, este avance plantea preguntas inquietantes: ¿se sacrifica algo esencial al sustituir el peso del papel por el frío tacto de una pantalla? Muchos lectores nostálgicos como yo nos quejamos de la pérdida del olor de un libro nuevo, o de las marcas de uso que convierten a los volúmenes en objetos únicos.

Por otro lado, la lectura ha migrado de los rincones tranquilos del hogar a los vagones del metro o las salas de espera. La accesibilidad que ofrecen los teléfonos inteligentes ha permitido que la lectura se integre en momentos antes desaprovechados. Pero esta migración también ha fragmentado la experiencia: en lugar de sumergirse profundamente en una historia, los lectores saltan de un artículo breve a otro, de un capítulo suelto a un hilo en redes sociales. La atención, antaño prolongada, ahora se dispersa en mil direcciones.

La escritura también ha experimentado una transformación sin precedentes. Los blogs y las redes sociales han democratizado la posibilidad de ser leído. Hoy cualquier persona con una conexión a internet puede compartir sus pensamientos con una audiencia global. Esto ha permitido que voces antes marginadas encuentren un lugar en el escenario público, pero también ha diluido los estándares de calidad. Entre el bullicio de millones de publicaciones diarias, ¿cómo distinguir lo valioso de lo trivial?

La auto publicación digital es otro fenómeno revolucionario. Autores que antes enfrentaban el rechazo de las editoriales ahora pueden publicar sus obras con unos pocos clics. Sin embargo, la ausencia de un filtro editorial puede llevar a la saturación del mercado con obras poco cuidadas, desdibujando la línea entre el arte literario y el simple contenido comercial.

Un fenómeno fascinante es la escritura trans media, donde una historia se despliega a través de múltiples plataformas: un libro puede complementarse con un videojuego, una película o incluso publicaciones en redes sociales. Esta fragmentación permite explorar narrativas desde diferentes perspectivas, pero también exige del lector una atención dispersa y un esfuerzo por conectar las piezas del rompecabezas.

Además, han surgido nuevos géneros que desafían las categorías tradicionales. Los hilocuentos de Twitter, por ejemplo, convierten a una plataforma pensada para la brevedad en un espacio narrativo. Incluso la inteligencia artificial ha comenzado a generar literatura, planteando preguntas éticas y estéticas: ¿puede una máquina crear arte o simplemente lo imita?

Esta metamorfosis de la lectura y la escritura está plagada de contradicciones. Por un lado, vivimos en una época de democratización sin precedentes. Nunca antes había sido tan fácil acceder a millones de obras o compartir nuestras ideas con el mundo. Por otro lado, esta accesibilidad ha traído consigo distracciones constantes. La lectura profunda, ese acto casi meditativo de perderse en un libro durante horas, parece estar en peligro de extinción.

Asimismo, la velocidad con la que consumimos y producimos información puede llevar a la superficialidad. La prisa por publicar, por estar presente, a menudo deja de lado la reflexión necesaria para crear obras verdaderamente significativas. En un mundo donde todo se mide en "likes" y "compartidos", ¿qué lugar queda para la escritura que no busca la aprobación inmediata, sino que aspira a perdurar?

El dilema no es solo práctico, sino también emocional. Muchos de nosotros guardamos recuerdos entrañables asociados a libros físicos: el placer de hojear páginas en una librería de segunda mano, la emoción de descubrir una dedicatoria en una primera edición. Estas experiencias son difíciles de emular en un mundo digital.

A pesar de las críticas, no se puede negar que el mundo digital ha ampliado los horizontes de la lectura y la escritura. Ahora es posible acceder a obras de autores de culturas remotas, enriqueciendo nuestra perspectiva del mundo. La personalización de la experiencia de leer también es un avance: los lectores pueden ajustar el tipo y tamaño de letra, los colores de fondo y más, adaptando los textos a voluntad.

En este panorama, la nostalgia por las formas tradicionales de leer y escribir no debe verse como un obstáculo, sino como una guía. Nos recuerda que, en medio del progreso, es esencial conservar lo que hace única a la experiencia literaria: la atención, la reflexión y el goce estético.

Quizá el futuro de la palabra escrita no esté en elegir entre papel y pantalla, entre profundidad y brevedad, sino en encontrar un equilibrio. Tal vez podamos combinar lo mejor de ambos mundos: aprovechar la tecnología para enriquecer nuestra experiencia, sin perder de vista el valor intrínseco de la palabra bien escrita. Al fin y al cabo, lo que importa no es el medio, sino el texto.

La tecnología, como cualquier herramienta, es lo que hacemos de ella. Si la usamos con sabiduría, puede ser un puente hacia nuevas formas de expresión. Pero si olvidamos el poder de una buena historia contada con calma, corremos el riesgo de perder lo que nos hace humanos: la capacidad para soñar, imaginar y compartir el mundo a través de las palabras.

 

6 enero 2025

 

https://tecnomednews.com/

drbenavides@medmultilingua.com

 


Marco Vinicio Benavides Sánchez es médico cirujano y partero por la Universidad Autónoma de Chihuahua; título en cirugía general por la Universidad Autónoma de Coahuila; entrenamiento clínico en servicio en trasplante de órganos y tejidos en la Universität Innsbruck, el Hospital Universitario en Austria, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Ha trabajado en el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general, cirujano general y cirujano de trasplante, y también fue jefe del Departamento de Cirugía General, coordinador clínico y subdirector médico. Actualmente jubilado por años de servicio. Autor y coautor de artículos médicos en trasplante renal e inmunosupresión. Experiencia académica como profesor de cirugía en la Universidad Autónoma de Chihuahua; profesor de anatomía y fisiología en la Universidad de Durango. Actualmente, investiga sobre inteligencia artificial en medicina. Es autor y editor de la revista web Med Multilingua.

martes, 7 de enero de 2025

Tirandolanetamanía

Dibujo de Beatriz Bejarano

Tirandolanetamanía

 

Por Jesús Chávez Marín

 

Existen en la ciudad de Chihuahua firmas comerciales que se hacen llamar “Editoriales”: Medusa Editores, Editorial Aldea Global, Tintanueva Ediciones, Ediciones del Azar, Ediciones Arboreto, y otras. Sin embargo, no lo son. O no lo son del todo. Mientras una empresa viva de los autores, y no de los libros, no podrá llamarse Empresa Editorial, sino mera imprenta con diseño.



Jesús Chávez Marín es editor de Estilo Mápula.

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 10

 

Foto Pedro Chacón

Quetzalcoatl. Nueva versión de la leyenda de Ce Ácatl Topiltzin. Episodio 10

 

Por Fructuoso Irigoyen Rascón

 

Cuando pasó lo que pasó, Ce Ácatl Topilzin Quetzalcóatl era muy poderoso y hubiese podido sencillamente mandar que nadie hablara, que nadie dijera nada, que allí no había pasado nada.

            Sin embargo nada pudo convencer al príncipe. Al contrario, la insistencia de individuos y coros lo compelía a que antes de aceptar que se restauraran los sacrificios humanos debería marcharse, desaparecer. Así, al menos el legado que dejaría tras de sí era el de que los sacrificios eran malignos y crueles, y que él los había suprimido hasta el último momento.

Sabía que al marcharse, los tepocas pronto conseguirían de su sucesor la reinstauración de los sacrificios. Veía, pues, obliterada una de las metas de su vida. Pero sentía que ya no gozaba de la prestancia moral necesaria para continuar al frente de su pueblo. En su fuero interno, ya creía haberse convertido en un dios, y una sola violación a su sobriedad y castidad bastaba para derrumbarlo convertido en un humano pecador, indistinguible de muchos otros.

Así pues, una mañana emprendió la marcha. Como lo repetiría la leyenda, iría hacia el lugar donde sale el sol, y por ahí mismo debería retornar algún día.

Miraba desde las colinas la vieja ciudad que ahora era nueva gracias a él. ¡Cómo había crecido Tula! ¡Qué hermosa era! Hubiera querido devolverse, pero algo le decía que no lo hiciera, temía que todo aquello tan único y hermoso se desvaneciera, se evaporaría en el aire si él volviera. Decidió no seguir mirando.

 

La pequeña procesión que había dejado Tula formada por Topiltzin, Tecpatli, Xochipétatl, Tlacaéletl, Totonqui, los tres consejeros filosóficos, además de una docena de doncellas de la servidumbre del príncipe y otra de guardias militares "fieles hasta la muerte" se había ido engrosando por gentes comunes de los pueblos y aldeas por donde iban pasando. Algunos de los pueblos por donde pasaron incorporarían después en sus tradiciones que Quetzalcóatl o sea este Ce Ácatl los había fundado. Cuando finalmente divisaron el mar, la procesión se había transformado era una verdadera multitud. Los habitantes de Tlapallan los recibieron con entusiasmo a pesar de que los recién llegados eran más que ellos mismos y representarían un problema de sobrepoblación, aunque fuera temporal. A los tlapaltecas no parecía importarles esto, el hecho de que el príncipe sacerdote Quetzalcóatl había escogido su pueblo para asentarse en él era lo único importante. Así que prontamente improvisaron "un palacio" para Ce Ácatl. Un espacio que limpiaron en la base de la colina principal y que apresuradamente techaron con hojas de palma, a la usanza de la región. Al otorgar posesión del mismo al príncipe sacerdote se encargaron de prometerle la construcción de un palacio de piedra labrada como el que tenía en Tula. Ya veían una nueva Tula en la costa del golfo, ya veían su toltequidad desarrollándose y evolucionando como había sucedido en Tula.

Unas semanas después todo cambiaría. Ce Ácatl pidió a Tlacaéletl que le consiguiera una canoa grande como las que los locales usaban para ir tras el huachinango. Una vez que la canoa fue dispuesta frente al palacio, Ce Ácatl ordenó que cargaran en ella varias ollas con aceite combustible del que usaban para iluminar el palacio en la noche. En la parte delantera de la canoa las doncellas colocaron cobijas y almohadas. Finalmente, el príncipe subió a la canoa y los guardias la acarrearon hasta donde la canoa comenzó a flotar, las olas la devolvían una y otra vez hacia la playa, pero finalmente la canoa se hizo a la mar. El príncipe, usando un largo remo, parecía dirigirla. Al cabo de un rato la canoa flotaba tranquilamente en el centro de la pequeña bahía y parecía dirigirse poco a poco hacia el mar abierto. Ahí se detuvo; se había hecho de noche, y desde la playa los amigos de Topiltzin veían tan solo la lucecita de la lámpara que este llevaba consigo. Dormitaban a ratos, y al despertar confirmaban que la lucecita estaba todavía ahí, cerca de la entrada de la rada. Un punto de luz flotando en el mar. Como a las tres de la mañana algo espectacular sucedió. El punto de luz se convirtió en un gran resplandor, obviamente todo el aceite que llevaba la canoa ardía en un fuego infernal. El incendio duró aproximadamente dos horas. Como a las cinco empezaba a clarear y el fuego distante parecía estar extinguiéndose, pero justo en ese punto que de la playa se veía cercano al horizonte apareció el lucero. Se levantó como partiendo del horizonte y los testigos en la playa no dudaban que había surgido del fuego de la canoa.

Entonces Tlacaéletl anunció:

―¡Se ha inmolado, pero ha prometido que volverá! Un día desembarcará en esta misma playa. Y restaurará Tula. Y el imperio tolteca.

 

Fin

 

 

Fructuoso Irigoyen Rascón, autor de Cerocahui, una verdadera épica de la región, es médico con especialidad en psiquiatría, con una vasta y brillante práctica profesional. Es autor, además, de los libros Tarahumara Medicine: Ethnobotany and Healing among the Raramuri of Mexico y Nace Chihuahua, Gabriel Tepórame y Diego Guajardo Fajardo, los forjadores.