El secreto de Olga
Novela
Por Giorgio Germont
Capítulo 13. Bendita
y bienvenida
El
impacto de la llegada de Olga había sido intenso, David necesitaba despejar su mente.
Se ajustó los audífonos, encendió la cinta de Bach y empezó a
trotar por la calle rumbo al parque. Los dedos mágicos de Glenn Gould entonaban los
patrones intrincados de una obra maestra. Pero en su mente David lo único que veía eran esos ojos verdes, brillantes
y transparentes que lo habían cautivado. Dios mío, qué hermosa era la rusa y de personalidad
tan fascinante, a la vez como una niña pero en realidad una mujer y qué mujer.
Misteriosa, dulce, cariñosa. Le daba vueltas la cabeza. Siguió trotando para
sacarse del alma todos esos sentimientos encontrados, sin darse cuenta siquiera
de los autos y de otras gentes que se topaba en el camino; iba completamente ensimismado.
Trotó tres kilómetros y luego se detuvo
en el parque a estirarse y practicar su rutina de yoga. Tenía la mirada perdida en el infinito,
la cara de Olga estaba en su mente.
“Qué falta me hacía conocer alguien así, qué mujer más fascinante. No me importa ser egoísta, esta medicina es la que me recetó
el doctor. Y ahora ¿cómo le voy a decir de mis problemas, mi maldita epilepsia
y todo eso? Dios santo, qué martirio. ¿Cómo le puedo confiar secretos tan vergonzosos. Ella
tan perfecta, tan hermosa, y yo tan simplón, con mi físico averiado.”
Exhaló un gran suspiro y se sentó bajo un árbol
a soñar despierto mientras escuchaba la
música. Trató de calmarse pero le asaltaron otras dudas.
“Es posible que ella también
tenga sus propios secretos, sin embargo, no me importa. Lo que ella me quiera
confiar estará bien;
lo que quiera guardarse no tengo derecho a preguntárselo. Es más, no le voy a preguntar absolutamente
nada. Lo que ella cuente por sí misma será lo que aceptaré, sin indagar más a fondo.”
Así siguieron las maquinaciones y planes mentales de
David en esa hora y media que se pasó trotando y haciendo yoga.
“¡Ayy,
Dios mío! ¡Qué susto!”
Un
perro gris lo atacó de pronto. Un gran
danés que pasó con su dueño por la calle le ladró fuerte,
mostró los colmillos, lo sacó de su
concentración. David se
hizo a un lado justo a tiempo para esquivar al can. Vio el reloj. Eran pasadas
las 07:00. El sol empezaba a perder fuerza; el astro de platino ya iba en busca
de los tintes color ladrillo del atardecer. David se encaminó de regreso haciéndose
a sí mismo una promesa.
“La voy a rodear de ternura y honestidad, eso es lo
que voy a hacer con ella. No fingiré absolutamente nada. Honestidad es
la medicina, le voy a dar grandes cucharadas de dulzura y honestidad. No tendrá más remedio que pagarme con la misma
moneda. Así será.
Bienvenida seas, Olga, Dios te mandó conmigo.”
Dio
media vuelta pues iba tan distraído que ya se había pasado dos cuadras. Cruzó la
avenida Taylor, subió los escalones de dos en dos y entró al departamento 2-C.
El
interior estaba en silencio. David se quitó los tenis y entró de puntitas para
no hacer ruido, tomó un vaso de agua, observó los árboles que se mecían en el jardín. Una paloma estaba posada sobre
un alambre de la luz. De vez en cuando se escuchaba el graznido de unos cuervos
que no estaban a la vista. Abrió la puerta del dormitorio para asegurarse que
Olga estaba bien. Estaba acostada encima del cobertor, tapada con su propio
impermeable. Estaba profundamente dormida, atravesada a lo ancho en la cama; su
respiración tranquila y profunda. El pelo rubio le cubría parte de la cara, tenía los ojos cerrados; entre los
brazos una almohada. Sus pies con calcetines blancos se asomaban por abajo del
impermeable. Las pestañas muy largas estaban en reposo, los labios temblaban de
vez en cuando, sus pechos se hinchaban con cada respiración. Se quedó quieto
contemplando la belleza y luego buscó una sábana. La tapó con delicadeza y salió del cuarto
sin hacer ruido.
Los
últimos días habían sido tan intensos que David cayó
de inmediato en un pesado sueño sobre el sofá con las piernas dobladas, tapándose la cara con un almohadón.
Soñó que caminaba en un bosque, había muchas hojas secas de en el piso.
A lo lejos una mujer con un chemisse
blanco corría por el bosque con destino incierto.
Él trataba de alcanzarla pero la mujer le llevaba
ventaja, saltaba ágilmente sobre
troncos caídos,
cruzaba de un salto pequeños arroyos que salían a su camino pero no se detenía por ningún motivo. A David le faltaba la respiración
por el esfuerzo de correr tras ella y de pronto notó que la joven se detuvo.
Era ella, era Olga. Había
hecho alto en un claro del bosque en donde alguien la estaba esperando. Sintió celos. Él se acercó con más cautela. Las hojas muertas crujían bajo sus pisadas y entonces lo
que vio era un niño, un pequeño rubiecito años. El chiquillo se sonreía mientras ella lo abrazaba y le
acariciaba sus cabellos. En eso, escuchó que ella lo llamaba “¡David!,
¡David!” cada vez más fuerte le gritaba en los oídos, “¡David!” y
le jalaba las mangas de la camisa. David despertó de su sueño y ahí estaba Olga de pie, junto al sofá, nombrándole:
—¡David!
La
luz neón del estacionamiento entraba por la ventana, eran altas horas de la
noche. David se frotó los ojos.
—¿Qué pasa Olga?
—¿Qué haces David? ¿Por qué estas
acá? ¿No
vas a dormir conmigo, en tu cama?
David
se frotaba los ojos para despertar mientras pensaba qué responder.
—No tenía planeado dormir contigo. Prefiero dejarte que
descanses tú sola.
Yo tengo un catre de campaña. Vete a la habitación tú a dormir sola en paz.
Ella
se negó y meneaba la cabeza.
—Nyet, nyet, tú ven conmigo, no quiero estar sola.
El cuarto es muy grande, la cama es muy grande.
David
objetó:
—Ahora saco mi catre de campaña y hago la cama, no te
preocupes Olga.
La
rusa se puso las manos en la cintura y se irguió en todo lo alto diciendo.
—¿Tú piensas que yo volé hasta
aquí desde
el otro lado del mundo para dormir sola? ¡Estás
muy equivocado! De aquí no
me muevo hasta que me sigas.
Lo
tomó de la manga y no le dejó remedio alguno más que obedecerla. Se fueron a la
habitación atravesando la penumbra.
—Espera un poco, dame un momento.
David
estaba en calzoncillos cortos y camiseta. Hizo un alto en el lavatorio. Se lavó
la cara, se cepilló los dientes, se aliño el pelo lo
mejor que pudo. Se untó desodorante.
Metió las manos en el bote de la ropa
sucia, encontró unas piya- mas. Se conformó con ponerse eso. Apagó la luz y volvió a donde
ella lo esperaba. El cuarto estaba oscuro. A tientas buscó la cama y vio de
pronto el brillo de los ojos de Olga que lo estaba mirando. Acomodó su
almohada y se deslizó entre las sábanas suavemente en un lado de la cama.
David
temblaba de arriba abajo, sus manos sudaban, el corazón se le salía por la boca. Guardó silencio. Lo torturaba pensar
que no podía
ofrecerle a ella el placer de estar con un hombre; tenía presente las ocasiones
vergonzosas en que se habían
frustrado sus planes románticos
por su incapacidad de desempeñarse como macho. Peor aún. Le pasó por la mente la terrible idea de que en ese momento
tan delicado le pudiera dar un ataque de epilepsia, una convulsión
podía ser espantosa. Hizo un recuento
mental. Efectivamente se había tomado sus medicamentos. Pensó decirle la verdad
pero la lengua no le obedecía. En ese momento Olga se dio vuelta cruzó la mano
sobre el pecho y apoyó su cabeza en su hombro. David la tomó en sus brazos y la
estrechó, ella suspiró profun- damente. Aspiró el perfume de su cabello. Olga alzó una pierna y
descansó su muslo sobre las rodillas de David. Él
sentía
que le temblaba todo el cuerpo pero no tenía intenciones de llevar aquel momento íntimo más allá de un abrazo inocente. Olga acercó su
cara y lo besó en los labios suavemente. David la besó también
tembloroso. Suspiró de nuevo.
Miró de cerca sus ojos verdes que brilla- ban en la oscuridad. Olga descansó su
cabeza sobre el pecho de David y le dio las buenas noches. Una voz ronca, una
voz desconocida para David le respondió.
—Buenas noches, Olga.
Qué misterio
tan inexplicable. Cómo David, que padecía siempre de un terrible insomnio, al acostarse
junto a Olga se quedó dormido como un
recién resucitado. Tuvo un sueño extraño. Soñó que estaba en el portal de una humilde casa de ladrillo rojo con
techo de madera. El sueño era una escena luminosa de mediodía. El sol pegaba fuerte. Mamá estaba en la cocina, se escuchaba
el chillido de los sartenes en la estufa. Los niños estaban afuera. Había en el patio una higuera grande
retorcida y una pequeña barda donde David estaba sentado. Tenía en la boca una paleta y estaba
chupándola
mientras balanceaba sus piernas. Una parvada de cuervos graznaba sobre el
patio. Se escuchaban los ruidos, aleteo de plumajes que de pronto tomaban vuelo
en pequeñas explosiones de virajes coordinados y perfectos. Y luego regresaban
a posarse sobre el árbol
o a tomar de una palangana de peltre llena de agua. Mamá la llenaba para ellos todos los días. Se escuchaba también
el ruido de la calle, autos, camiones, era como estática en un radio sonido ambiental.
La gente iba y venía
en sus negocios diarios caminando por la calle Valverde. Esta escena tan lánguida y pastoril fue interrumpida
por algo que pasó. La niña caminaba cerca y empujó los pies de David. Cuando
los levantó, él se cayó de espaldas y se pegó en
la cabeza. David dio un grito muy fuerte. Se oyó la voz de la madre: “¿Qué pasa?
¿Qué tiene el niño?¿Qué le hicieron?”
En
el sueño, su madre le limpió la sangre y le puso un vendaje en la cabeza. Por
la ventana David podría
ver los cuervos que seguían
jugando sus juegos, volando como si fueran aviones de guerra en patrones
militares sofisticados. David continuaba sollozando sobre el sillón. La televisión estaba prendida y su mamá le acercó un plato de sopa de macarrón. David olfateó un olor fuerte, reconoció el
aroma de huevos revueltos y café. Olga estaba en la cocina. Se
despertó, se quitó la almohada que le cubría la cara y el sol le pegó de lleno en los ojos.
Se
puso de pie, entró al baño, se lavó la
cara y las manos. Se tapó con su bata para estar más presentable y entró en escena.
—Dobre yeh Outra.
La
vio metiendo una rebanada de pan en una mezcla de yema de huevo y con la otra
mano sostenía
el sartén caliente.
—Ya está listo el café, David, sírvete una taza.
—Dios mío, qué increíble, cómo pudiste cocinar esto tan rápido —comentó David. Olga dijo:
—¿Qué crees? Huevos, papas y cebollas se
cocinan igual en inglés que en ruso. No tienes que ser...
¿cómo se dice? un Einchtein para freír un huevo.
Se
rieron los dos. David se sirvió una taza de café,
Olga estaba abriendo los cajones, andaba buscando algo y lo miró de una manera inquisitiva. David comentó:
—Los cubiertos están del lado derecho. Los vasos y los platos, en el
gabinete de arriba. Las tasas van aquí abajo.
La
cocinera tenía
su pelo rubio levantado por detrás, recogido con un gancho de la ropa. Lucía una camiseta gris que le ajustaba
los senos y mostraba un anuncio: PASADENA BULLDOGS con letras rojas.
—Espero no te moleste que tomé prestada
esta camisa.
—Te la regalo, Olga, se te ve muy bien. Ella se acercó
y le dio un abrazo apretado y tres besos en las mejillas. David disfrutó las
caricias y también le ofreció un buenos días ruso.
—Dobreyah Outra.
El
desayuno fue delicioso. Olga le hizo burla diciéndole que había un oso en su cuarto anoche, hasta
que se dio cuenta que era un hombre barbudo y muy guapo.
—Estabas roncando. Me dio pena despertarte porque
estabas muy dormido.
David
asintió.
—Dormí como
un tronco, ni siquiera me di cuenta cuando te levantaste.
Estaba
sorprendido pues generalmente su sueño era muy ligero.
—Me tuve que levantar. Mira el reloj, son las diez de
la mañana y ahora mismo en Moscú son las seis de la tarde. Dormí más de trece horas seguidas, ¡no lo
puedo creer! Hicieron cuentas juntos y resultó que el viaje completo le había tomado a ella casi 30 horas desde
que salió de su casa hasta que entraron a Pasadena. Olga tenía en las manos un plato de papas con
cebollas fritas y huevos revueltos. Antes de sentarse miró hacia el mostrador y
en ruso preguntó:
—¿Vklyuchi radio?
—Por supuesto. Ahí está, aprieta el botón verde —respondió David.
Al
instante se inundó el ambiente con música de jazz afroamericano, voces del coro de la
iglesia africana bautista. Era la programación de los sábados, melodías religiosas. Ella se quedó hipnotizada
al oírlas. Qué armonía la de aquellas voces: la soprano tan aguda y los
barítonos
de voz gruesa cantaban:
“Acércate
a mi carruaje divino, con tus seis caballos blancos, flota junto a mí que ya me subo, llévame
a tu casa, Dios mío...”
El
ritmo era contagioso. Olga comenzó a bailar unos pasos de polka en la cocina,
junto a la estufa. Esa canción era un tema popular entre la gente de color para
el servicio religioso dominical. Ella dijo:
—América
muy bonita, país musical,
muy feliz. Me gusta.
(Continuará).
Giorgio Germont estudió
medicina en la UACH, ejerce su profesión en Estados Unidos. Ha publicado tres
novelas: Treinta citas con la muerte
(2005), Dos miserables entre la luz y la
oscuridad, (2011). Ambas recibieron sendos galardones como finalistas de
los concursos USA BEST BOOK AWARDS en los años 2007 y 2011 respectivamente.
Las versiones en español de la primera, titulada Mis encuentros con la muerte y la segunda con el mismo nombre se
publicaron en 2012 por Editorial Perfiles. En 2016 publicó su novela Rayo azul.
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