Lo mejor de ser raro es que
nunca me aburro
Por Sergio Torres
Lo mejor de ser raro es que
nunca me aburro. El amor de mi vida es mi niño grande. Cuando él está en casa,
la cocina se llena de sartenes y ollas, de cocidos, guisados, crepas, pan
francés y fruta picada que desaparece casi tan rápido como la he cortado.
Los domingos voy al centro,
me siento en la esquina de Independencia y Victoria a platicar con Chopin, el
bolero, quién me ayuda a reflexionar sobre las bendiciones de la vida. Siempre
en tono de juego, la plática va de lo mundano a lo divino en los pocos minutos
en qué le da el trapazo a mis zapatos.
Después voy al Kaldi café.
Usualmente llevo cuaderno y pluma, me pongo frente a la ventana y comienzo a
escribir cualquier cosa que pasa por mi mente, alguna reflexión sobre algo que
haya leído, vivido, escuchado en la semana, cualquier meditación que lleve
meses cocinándose en mi mente, aderezada con las pláticas de las personas que alimentan
mis pensamientos.
El domingo termina con un
par de páginas escritas con la mejor letra que me sale en esa tarde, una
sobredosis de cafeína, 20 mil pasos, tal vez un litro de cerveza oscura y tres
o cuatro cigarrillos.
Hoy es lunes, aún el hijo
está en casa y me pidió pasta para cenar. Así que aquí me tienen, guisando
champiñones con apio, cebolla, ajo, brócoli, coliflor, ajo, mantequilla, sal y
pimienta, para acompañar un platón de fussilli en salsa de tomate, con ajo,
pimienta y queso. Mi felicidad es verlo comer con apetito y pedir más. Si por mí
fuera, tendría un comedor enorme para compartir esta comida tan simple con
todas las personas que amo.
¿Que si estoy triste? Claro,
pero no demasiado. Decía mi abuela que, si la tristeza se resuelve con tacos,
alcohol o sexo, no es mortal y, aunque sé que voy a morir, no va a ser por
esto. Mi Nana Toña decía que solo los aburridos se aburren. Es lo bueno de ser
raro: nunca me aburro.
Sergio Torres. Licenciado en Artes, músico desde la infancia, dibujante y compositor de canciones. Maestro de música por vocación.
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