jueves, 31 de diciembre de 2020

Tony Cazares. Arena

Arena

 

 

Por Tony Cazares

 

 

Entre el tumulto de las muchas almas que anduvieron sobre la Calle Libertad, nacían sus primeras canciones desde una temerosa guitarra Ibáñez. Yo fui más que su amigo, su unánime sombra. Lo recuerdo, quitado de cada esquina por los mercaderes, buscando un lugar para acomodarse las ilusiones: tocaba, por lo común, al refugio del quiosco y de cara a las fuentes, donde los niños pobres corrían para empaparse los harapos.

Él también había sido un pequeño que ignoraba las ruindades del mundo; pero el tiempo fue despabilándolo hasta que una buena mañana despertó: se dio cuenta de que su madre era una alcohólica empedernida, y que bajo la intención de huirle a la soledad, ella aceptaba las desfachas de un hombre cualquiera. Tal vez se debía a su pronta vejez. Sabrá Dios. Lo triste para mí es que aquel amigo ya solo vivirá en mis memorias y que la culpa es toda mía.

La última ocasión en que lo miré fue durante la boda de mi prima Rosalinda; en ese entonces, le decíamos por su diminutivo: Leo. Leo Rivas.

Por aquellas épocas se unió a una banda influida por la onda rockanrolera de los gringos, tanto así que su nombre estaba compuesto al inglés: Arena Show Band. El grupo acostumbraba hacer covers de Aerosmith, CCR, The Police; quizá por su precaria originalidad. Antes de integrar a Leo, aún no se habían afamado lo suficiente, hasta pocos meses después se la mantuvieron presentándose en restaurantes del centro, donde la más provechosa de las pagas sería conocer a una mujer bonita.

En la suerte de sus andanzas, sin embargo, escucharon la voz de Leo sobre el quiosco. Les pareció espléndida y lo invitaron a ensayar algunas de sus canciones. Yo le dije a Leo que desistiera, porque mi instinto aseguraba que solo querían aprovecharlo. Al final de cuentas, él aceptó. Acaso aquella fugaz determinación se debiera a su gran hambre de compañía; no le bastaba conmigo: una persona que siempre andaba ocupado en sus quehaceres.

Así es, yo era El Otro: el que refrenaba sus tercos planes nacidos de cualquier arrebato; la razón, pudiera decirse; quien trabajaba en una tienda de trajes sobre la calle Guadalupe Victoria; estudiante de la carrera de contaduría. A veces íbamos a un café o por unas cervezas. Discutíamos bastante. Él defendía que más vale retractarse de los actos que de las omisiones. En mi caso, opinaba lo contrario. Y a pesar de todo, conveníamos en el esfuerzo por sacar a flote nuestra vida: aunque fuera a rastras.

Por eso me esmeré en la boda Rosalinda para acomodar las cosas necesarias de la presentación. Acordamos todo perfecto: el escenario luminoso del Hotel Victoria jugaba a nuestro favor, con sus recintos suntuosos, su gran espacio abierto. Por otra parte, el sonido preciso y las vestimentas de gala parecían pronunciar la más importante de las tocadas. Era la primera vez que la madre de Leo lo escucharía tocar en público. Allí estaba yo, emborrachándome sobre la mesa de sus familiares directos mientras su madre y su padrastro todavía no llegaban. Quizá estuviera allí debido a que me miró siempre como un hermano: como la otra parte de su ser, lo que en el fondo necesitaba.

Trágicamente, cuando su madre hizo acto de presencia, llegó sola: llevaba la cara hinchada, un moretón magullado sobre el párpado y el mentón deforme. A Leo se le iba quebrando la voz en pleno espectáculo; no pudo continuar. Entonces me hizo señas desde la plataforma, dejó tirado su instrumento y se metió hasta nuestras sillas.

Caminábamos por los jardines del salón. Él decía que teníamos que matarlo, estaba enfurecido. Y yo, en plan de que se le bajaran los humos, le aconsejé que se diera unos sorbos de tequila para darse valor, aunque mi plan era otro. Entonces le cargué demasiado los vasos. Sabía que en momentos de ira o de tristeza Leo tomaba mucho, y yo quería emborracharlo hasta que se le olvidaran las cosas.

Aquella madrugada Leo tomó mi consejo: bebió hasta embrutecerse. El Arena Show Band siguió interpretando la música de manera magistral, o al menos eso nos contaron después. Leo y yo estábamos ahogándonos en alcohol sobre su carro, afuera de su casa, esperando el instante preciso para matar a su padrastro. Sin embargo, mi cometido se cumplió. Leo se puso tan tomado que olvidó lo que haría.

No contaba con que a la mañana siguiente Leo moriría de una cruda. Murió por la resaca dolorosa y su amargo despecho por el mundo; por el sol pegándole de frente; la búsqueda perpetua de un porvenir seguro.

Y así murió el otro Leo: en la mansedumbre de su trabajo sobre Guadalupe Victoria, en la Facultad de Contaduría. Y hoy, Leonel Cardoza, un viejo sesentón jubilado, se pone a escuchar los cantos de los jóvenes que andan con su guitarra por la calle Libertad. Los escucha intentando reconocer las sobras de sus ilusiones muertas.

 





Tony Cazares, Marco Antonio Zubia Cazares, estudia Derecho en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Publica cuentos en su blog de Facebook y en otras redes sociales.

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